“Wednesday morning at five o’clock
as the day begins
Silently closing her bedroom door
Leaving the note that she hoped would say more
She goes downstairs to the kitchen
clutching her handkerchief
Quietly turning the back door key
Stepping outside she is free ” – She´s Leaving Home, The Beatles
La caída
Las diez llegaron tan rápido que ese día pareció tener muchas menos horas que las aceptables.
India había quedado suspendida en el mail de Duilio, como quien gravita en un espacio en donde no hay nada.
Había pasado la tarde y ella no había vuelto a pronunciar palabra. O tomado agua. O comido algo. O fumado. Inferíamos que respiraba porque la vimos parpadear un par de veces, pero ni de eso estábamos seguras.
Horas antes, alertadas del estado catatónico-emergencial de nuestra amiga por Florcita, su secretaria – que había sospechado eventualmente de que algo grave le acontecía a su jefa al notar una ausencia total de movimientos en la oficina de la gerente de marketing – Pampa y yo habíamos ido a rescatarla de su puesto de trabajo. Antes de que la crisis nerviosa llegara. Antes de que las pérdidas a lamentar sean mayores (*)
(*) Porque sabe Dios que hay algo peor que te rompan el corazón en diez mil partecitas y eso es que – además – te tilden en la oficina de ser emocionalmente inestable. Reconozco que este asunto es más dominado por Miss York pero me animo a esbozar una pequeña teoría: Si tu jefe directo (hombre o, a veces peor, mujer) te ve llorando en tu escritorio – y no hablo de escándalo publico en la recepción de la multinacional americana o delante del grupo de periodistas o arriba de un escenario… no, simple llanto solitario en el escritorio – no solo ese año no serás promovida sino que tu puesto, a partir de ese momento corre grave peligro de extinción. No importa lo buena que seas, no importa tampoco el motivo del llanto – vale lo mismo lágrima derramada por haber perdido las llaves de tu casa, por la uña quebrada, por el novio de seis años que se enamora de otra y te dice que “antes nunca estuve, así enamorado, no sentí jamás esa sensación” cantando al estilo Ortega. Es irrelevante que trates de explicar o resarcir: estás muerta, frita, acabada. Tu carrera is finished, kaput, game over.
Fue así que dejamos apartadas agendas laborales bastante complejas (algo mucho más simple de hacer para mi, que odio mi trabajo, que para Pampa, que lo adora) y llegamos a la Prestigiosa Empresa Americana de Consumo Masivo en busca de India.
La arrastramos al auto como pudimos y la llevamos al departamento en donde vive, mientras que teorizábamos sobre la hoja impresa del último mail de Duilio y ella, con leves – casi imperceptibles – asentimientos o negaciones de cabeza que nos respondían las preguntas que iban aclarando los hechos.
Cuando a las diez Duilio tocó el timbre estábamos las tres custodias (Carla había llegado también, claro) de India un poco abatidas porque no conseguíamos determinar qué sugerir, proponer, aconsejar a nuestra amiga.
Pero el sonido del timbre la despabiló y ella, casi dignamente, se levantó, agarró cartera y puchos y se dirigió hacia la puerta.
Y solo dos horas después, volvió a escucharse la voz de India, temblorosa, cuando de vuelta de su encuentro con el desamor, nos dijo, todavía azorada:
-“No solamente está enamorado. No. Además va a casarse en tres meses”.
Nos quedamos en silencio unos minutos, mirándola. Ella retomó la palabra, entonces:
-“Y quiere que sea testigo de su casamiento” –
Y la vimos caer al piso, desmayada.