“Destino es el poder sobrenatural que, según se cree, guía las vidas de cualquier ser de forma necesaria y a menudo es fatal, es decir, inevitable o ineludible” – Wikipedia
Hasta hace dos años, para mi, la tía Marcela nunca había tenido novio, marido, amante, filo, amigo con beneficios. Nada.
Medica pediatra, una verdadera eminencia en el ámbito profesional, abnegada hija, hermana presente, tía ejemplar, amiga dedicada y católica devota, conocerla era amarla.
El hecho de que hubiese elegido una vida con foco profesional exclusivísimo a mi, su sobrina mayor, no me sorprendía. Su soltería a los 52 años me parecía fruto de su estilo de vida y absolutamente natural.
Viéndolo hoy en día, a la luz de la verdad, me doy cuenta que, en realidad, la falta de cuestionamientos de mi parte a la elección de vida de la tía Marcela fueron únicamente huellas (fallas, si se quiere), fruto de mi educación católica tradicional superyoica.
Reconozco, además, lo naive de mi propio approach, ingenua tantas veces en mi vida que me avergüenzo al solo pensarlo: creer, al menos por un rato, que la vida de la tía era producto maduro del plan que ella misma habría soñado y trazado exactamente.
Como me cuesta, amigos, entender que la vida nunca sale de acuerdo con los planes.
Creía yo, entonces, que su vida de vocación, de llamado, de luz, de plenitud, de caminar inequívocamente por la senda del bien hacia el Reino de los Cielos era la vida que la tía Marcela había elegido. Que no tenía problemas, ni frustraciones, ni sufrimientos. Que no había deseos incumplidos. Que ella era feliz.
No me malentiendan, no soy una idiota.
Al menos no completamente.
No me eran totalmente ajenas algunas miradas hacia sus hermanas que fueron, obviamente, casándose, pariendo, amamantando, arropando y sembrando jazmines en sus sendos jardines delanteros.
Tampoco se me pasaba por alto que siempre que hubo un bebé nuevo en la familia ella, de alguna manera, era “compensada” con el madrinazgo de dicho baby o con el mote, al menos, de tía preferida.
También veía, con claridad, esto si, la relación empática y comprensiva de la tía Marcela con sus 4 cuñados, maridos de sus hermanas que han sufrido con y por ellas de forma definitiva. Crecí mirándola reír con ellos, festejar sus chistes y comprender las quejas que cada uno tenía hacia sus cónyuges, bufando a la par, tal vez, cuando alguno estuviera molesto… coincidiendo, a veces, con alguna frase del estilo: “todos sabemos cómo es mi querida hermana!”.
Pero hasta hace dos años, decía, para mi todo esto eran solo detalles sin valor, minucias a las que no valía la pena prestarles atención.
Hasta que me enteré. Me lo contó mi abuela, hace dos años y me hizo jurar no repetir la historia. Que no me convertiría en una Marcela. Que haría todo en mi poder para liberarme del estigma familiar de desafortunadas.
Cebando mate, con lágrimas en los ojos me confesó:
Que su hija Marcela había estado enamorada, una vez, cuando tenía 19 años.
Que había tenido las ganas, la vocación y la fuerza de empezar una familia con un tal Emilio, hijo del carnicero del barrio.
Que el amor de estos dos “chicos” había sido de una fuerza tremenda, de un decir vehemente y de una pasión envidiable.
Pero que el hombre en cuestión no satisfacía los mínimos requisitos necesarios para el puesto de “marido de hija”. Y que mi abuelo se había opuesto fuertemente a la unión.
Y que luego de un primer tiempo de lógica oposición había pesado más el “deber ser” familiar y la tía Marcela se había resignado.
El día que se separó de Emilio ella volvió a su casa pensando:
-“Papá quiere lo mejor para mi. Esto es por mi bien. Hay que tener paciencia. Ya va a llegar la persona indicada…”
Pasaron décadas desde entonces. Y nunca llegó alguien que si diese con el perfil.
