“Así como toda carencia es desgracia, toda desgracia es carencia” -San Agustín (354-439) Obispo y filósofo.
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Hasta que la dicha los separe
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El estigma familiar, tercera parte: Mi prima Eve
“A human being’s made of more than air
With all that bulk, you’re bound to see him thereUnless that human bein’ next to you
Is unimpressive, undistinguished
You know who. . .Should have been my name
Mister cellophane
’cause you can look right through me
Walk right by me
And never know I’m there ” – Mr Celophane, Chicago
Mi prima Eve empezó a noviar por primera vez la semana pasada, cuando cumplió 25 años.
La edad podría haber sido considerada por nosotros como normal, habitual y hasta adecuada, si no hubiese sido porque ella lo sintió con 14 años de atraso.
Puede suceder que para ustedes, esta apreciación no tenga sentido, pero entonces necesitaré contarles los parámetros comportamentales que le marcaban claramente dicha demora:
Estándares que no había podido cumplir, un superyo, como tenemos todos que, en este caso particular, estaba marcado en forma significativa por el accionar de su hermana gemela, Eva.
Eva había sido primera y mejor en todo:
Había caminado antes, hablado antes, dibujado y cantado mejor.
Era la preferida de sus padres, de sus abuelos y tíos, de sus maestras y profesores y, eventualmente, también de los hombres.
Popular y precoz, Eva supo ser, desde chiquita, una hembra irresistible.
Rodeada de Adanes, le hacía justo honor a su nombre cuando, al igual que en el relato bíblico correspondiente, terminaba hipnotizándolos y significando la perdición de todos y cada uno de ellos.
Por oposición, Eve los hubiese llenado de dicha.
Si alguna vez, alguno de ellos, se hubiese detenido a verla.
Eso no pasó en 364 días y 24 años.
Por eso, el día en el que celebraba su cuarto de siglo, Eve se cansó.
Maquilló sus labios color carmín furioso y levantó la vista.
Salió a la puerta y se vendió al primer postor: Huberto, un adicto a sustancias ilegales, jugador y sin siquiera una pizca de buenos modales.
Para los entendidos, cualquier “sillón”.
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Duilio e India: el casamiento se pone en marcha
“Pollerita colorada color de aji
De verde te ando pidiendo que digas si
De verde te ando pidiendo que digas si
Mita’ pa’ mi, mita’ pa’ vos
Cuando nos casemos va a llover arroz
Mita’ pa’ vos, mita’ pa’ mi
Ahi te ando deseando pero me mentis“ – Polleritas , pero cantada por Mercedes Sosa.
Los teléfonos de India no paraban de sonar.
Pero no solo eso interrumpía el silencio: también se escuchaba, de tanto en tanto, el llanto – seguido de suspiros – seguido de algo de silencio – seguido de más llanto- en el departamento de nuestra amiga.
Aunque además de los teléfonos y lamentos también sonaba el timbre.
Desde hacía horas, tal vez días, en forma asincrónica y aleatoria llegaban envoltorios conteniendo regalos a la portería, R.S.V.P.s confirmando o desconfirmando lugares en La Fiesta, salutaciones por correo y visitas sorpresa de amigos en común que pasaban para brindar felicitaciones.
Hubo flores, desayunos a domicilio y varias otras muestras de cariño hacia India.
Nosotras, queríamos evitar tamañas demostraciones de afecto a toda costa, pero veíamos desafiada, a cada rato, nuestra capacidad logística para contener, reaccionar, montar operativos de rechazo y/o de rescate. Definitivamente, no estábamos preparadas para este fenómeno.
Fenómeno que empezó pasado exactamente un mes del día de regreso de Duilio, cuando la mayoría de las invitaciones para el Big Day habían sido repartidas. Sucede que quienes las recibieron asumieron (erróneamente, ya a esta altura es obvio) que quien se casaría con el hombre en cuestión era India.
Pero no subestimemos a los invitados, no señor. Porque si bien la participación rezaba:
-“Duilio y Mayra participan a Usted de su enlace… Etc”, a esta altura supongo que ya todos adivinaron que “India” es solamente un sobrenombre divertido que ella lleva con elegancia. Los participados a la boda de Duilio y Mayra solamente entendieron que Mayra era solamente el verdadero nombre de nuestra desgraciada protagonista.
Fue así que ella vivió el lado oscuro de tener un apodo tan poco claro y tuvo que enfrentar no solo el duelo planteado por el abandono del sujeto que había sido objeto de su absoluto amor durante seis años sino también todos los “OHHHs” y “AHHH!” y “¿Cómo pudo?” y “Pobrecita….” de quienes se iban enterando de que no era ella quien iba a dar el si.
Una pesadilla vuelta realidad, en pleno mes de abril.
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Duilio e India: Enfrentarse con la realidad de que no te amó nunca
“Wednesday morning at five o’clock
as the day begins
Silently closing her bedroom door
Leaving the note that she hoped would say more
She goes downstairs to the kitchen
clutching her handkerchief
Quietly turning the back door key
Stepping outside she is free ” – She´s Leaving Home, The Beatles
La caída
Las diez llegaron tan rápido que ese día pareció tener muchas menos horas que las aceptables.
India había quedado suspendida en el mail de Duilio, como quien gravita en un espacio en donde no hay nada.
Había pasado la tarde y ella no había vuelto a pronunciar palabra. O tomado agua. O comido algo. O fumado. Inferíamos que respiraba porque la vimos parpadear un par de veces, pero ni de eso estábamos seguras.
Horas antes, alertadas del estado catatónico-emergencial de nuestra amiga por Florcita, su secretaria – que había sospechado eventualmente de que algo grave le acontecía a su jefa al notar una ausencia total de movimientos en la oficina de la gerente de marketing – Pampa y yo habíamos ido a rescatarla de su puesto de trabajo. Antes de que la crisis nerviosa llegara. Antes de que las pérdidas a lamentar sean mayores (*)
(*) Porque sabe Dios que hay algo peor que te rompan el corazón en diez mil partecitas y eso es que – además – te tilden en la oficina de ser emocionalmente inestable. Reconozco que este asunto es más dominado por Miss York pero me animo a esbozar una pequeña teoría: Si tu jefe directo (hombre o, a veces peor, mujer) te ve llorando en tu escritorio – y no hablo de escándalo publico en la recepción de la multinacional americana o delante del grupo de periodistas o arriba de un escenario… no, simple llanto solitario en el escritorio – no solo ese año no serás promovida sino que tu puesto, a partir de ese momento corre grave peligro de extinción. No importa lo buena que seas, no importa tampoco el motivo del llanto – vale lo mismo lágrima derramada por haber perdido las llaves de tu casa, por la uña quebrada, por el novio de seis años que se enamora de otra y te dice que “antes nunca estuve, así enamorado, no sentí jamás esa sensación” cantando al estilo Ortega. Es irrelevante que trates de explicar o resarcir: estás muerta, frita, acabada. Tu carrera is finished, kaput, game over.
Fue así que dejamos apartadas agendas laborales bastante complejas (algo mucho más simple de hacer para mi, que odio mi trabajo, que para Pampa, que lo adora) y llegamos a la Prestigiosa Empresa Americana de Consumo Masivo en busca de India.
La arrastramos al auto como pudimos y la llevamos al departamento en donde vive, mientras que teorizábamos sobre la hoja impresa del último mail de Duilio y ella, con leves – casi imperceptibles – asentimientos o negaciones de cabeza que nos respondían las preguntas que iban aclarando los hechos.
Cuando a las diez Duilio tocó el timbre estábamos las tres custodias (Carla había llegado también, claro) de India un poco abatidas porque no conseguíamos determinar qué sugerir, proponer, aconsejar a nuestra amiga.
Pero el sonido del timbre la despabiló y ella, casi dignamente, se levantó, agarró cartera y puchos y se dirigió hacia la puerta.
Y solo dos horas después, volvió a escucharse la voz de India, temblorosa, cuando de vuelta de su encuentro con el desamor, nos dijo, todavía azorada:
-“No solamente está enamorado. No. Además va a casarse en tres meses”.
Nos quedamos en silencio unos minutos, mirándola. Ella retomó la palabra, entonces:
-“Y quiere que sea testigo de su casamiento” –
Y la vimos caer al piso, desmayada.
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Duilio e India: Enterarse de una infidelidad
“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad.” – William Shakespeare
La llamada
No le dijimos nada.
Ni Carla, ni Pampa, ni yo pudimos abrir la boca.
El saber cuanto iba a dolerle la noticia nos hizo concluir eventualmente que lo mejor era darle la oportunidad de hablar al mismísimo Duilio. Tiempo al tiempo. Al final, el que había sido descubierto in fraganti y a plena luz del día era él. Sabía que Carla lo había visto. Sabía que sabíamos.
El episodio “Pelirroja”, igualmente, nos acechó en forma frecuente durante la primera quincena de marzo mientras que intentábamos preparar el terreno y planear como reaccionar cuando ella se enterara – en el inminente “plan rescate” de India.
Esperábamos que Duilio se diera cita con nuestra amiga y como respuesta a la pregunta –“Amor, ¿Cómo la pasaste? – él dijera: -“Al final me fui a Mendoza y te engañé con la reina de la vendimia – o algo así.
India iba a entristecerse, nosotros a emborracharla, iban a pasar unos días, tal vez unos meses en donde todos los días íbamos a dejarle tuppers de comida en el portero o a obligarla a sacarse el jogging y a lavarse el pelo, según el caso.
Lo habitual, been there, done that.
Pero la realidad fue peor a lo que suponíamos, por supuesto:
Apenas el hombre en cuestión pisó suelos porteños llamó ciertamente a nuestra amiga.
Pero India no estaba al otro lado del teléfono. Mientras que ella compraba ropa para el gran reencuentro, el teléfono sonó en su cartera hasta que ella eventualmente vio las llamadas. Devolvió el llamado inmediatamente pero el inconsciente la hizo discar el teléfono de la casa de Duilio, no el celular.
El teléfono fue atendido al primer ring.
-“¡Hola Amor!, ¡No había escuchado el teléfono!¡Volviste! – dijo ella en un segundo, sin hacer pausa ni para dejar entrar aire a los pulmones.
- “Hola, vos debés ser India” – le dijo una mujer del otro lado.
India la cortó en seco: – “ Si, Blanca, claro que soy yo. Páseme por favor con el señor”.- respondió nuestra amiga, ansiosa, con modales discutibles, pensando que hablaba con la señora que frecuentemente limpia el hogar de su enamorado.
- “Mi nombre es Mayra” – del otro lado de la línea la pelirroja se dio a conocer. “¡Tengo tantas ganas de conocerte, Duilio me habló tanto de vos! ¡Y en su casa por todos lados hay huellas tuyas!
…..
India no recuerda mucho más, pero parece que la conversación se prolongó unos buenos 10 minutos.
Cuando cortó, temblando, apagó el celular y se dirigió a su casa.
En la computadora, al llegar, encontró un mail de Duilio que decía:
Subject: Quise avisarte.
Lamento el mal momento.
Me enamoré por primera vez. Quiero contarte.
Necesito verte. Paso a buscarte esta noche a las diez.
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Duilio e India: disclaimer corto
“Suerte que me tengo a mi mismo, sino qué sería de mi” – Anónimo.
Arrojar la primera piedra. Es fácil. Muy fácil.
Afirmar que a una no le pueden suceder cosas semejantes, que estas situaciones les pasan a las desprevenidas, a las cabezas huecas, a las romanticonas sin remedio, a las bobas. Pensar que, si les pasa, algo malo habrán hecho.
Mi amiga Carla interpreta siempre, como buena terapeuta que es, esa tendencia naturalmente humana que tenemos todas y todos al pensar que lo bueno y lo malo de la vida pasa solo a quien así lo merece.
Coincidimos juntas sintiendo que este es un pensamiento mágico pero socialmente impuesto por nuestras familias, nuestras madres, las generaciones anteriores. Es el típico – “Algo habrá hecho” – o – “No te metás” – tan tradicionalmente argento. Pero no solo es culpa de superyos construidos por tanta educación miedosa y castradora: también es un pensamiento que peligrosamente encuentra tierra fértil en nuestra propia generación treintañera e incluso, las generaciones más jóvenes.
Con teorías de dudosa rigurosidad veo a mujeres y hombres inteligentísimos que afirman vehementemente que el / la que no obtiene es por que no deseó lo suficiente.
Se que es poco masivo oponerse a best sellers como El Secreto, por ejemplo. Pero me subleva que tan seguido juzguemos que quien hoy no tiene es porque no soñó alto, porque no buscó enough, porque no hizo lo que había que hacer.
Para quien considere los postulados anteriores como válidos y ciertos, sean invitados formalmente a conocer a India. Su historia es un gran aprendizaje, un gran descubrimiento. Pueden empezar leyendo la historia cronológicamente, empezando por acá y siguiendo por acá, acá y acá.
La #MalaSuerteSerial no discrimina, amigo mío.
No es merecida.
Le pasó a India y mañana mismo, te puede pasar a vos.
PS: hoy a las 23 hs, más sobre Duilio e India. Stay tuned.
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India y Duilio, un re-encuentro eclipsado
“Disculpen si les llamo caballeros, pero todavía no les conozco bien”. – atribuída a Groucho Marx
El día que India durmió por primera vez en la casa de Duilio fue bastante particular.
No se puede decir que el hecho no se veía venir: palabras más, palabras menos, fue un encuentro premeditado.
India recién llegada de un año trabajando en el exterior, estaba cambiada en mente y espíritu respecto a la joven inocente que era cuando se había lanzado al mundo, tan solo un año atrás.
Ella, denotando cambios físicos considerables, también, debido a que la falta de la angustiosa Buenos Aires había repercutido peculiarmente en su cuerpo, logrando maravillas: abrillantando y alargando cabellera, adelgazando kilos y tonificando músculos.
Venían de no verse tanto y de histeriquear duro y parejo en forma epistolar durante todo el período de ausencia mutua. India hasta se había acostumbrado a no admirarlo tanto, porque es bien sabido que cuesta mucho más venerar a quienes no se ve con frecuencia.
Decía que el episodio fue planeado, entonces, porque desde que ella había dejado la financiera, igual encontraban excusas para seguir mantenido los lazos que los habían juntado. Durante el exilio, él le contaba de Buenos Aires y ella lo llenaba de datos y relatos acerca de sus andanzas varias.
El día que ella pisó el suelo de Ezeiza sabía dos cosas: a) que moría de ganas de ver a Duilio y b) que a esa hora, 24 hs más tarde, estaría cenando en su casa de Almagro.
No había posibilidad de postergar el reencuentro: un año había sido demasiado tiempo de juego previo.
Nosotras, que también hacíamos fila para reencontrarnos con India, tuvimos que conformarnos con asistir a la previa. Carla acompañó a India a la pelu. Yo la maquillé y Pampa le prestó ropa. Sofi la hubiese obligado a llevar sus AllStars de Frida si es que la hubiésemos conocido en esa época, pero, lamentablemente a Sofi y a su buena estrella no las conocimos hasta bien empezado el milenio.
Y parece que es así, nomás: dime con quien andas y te diré quien eres, las desafortunadas nos movemos en grupo.
A pesar de que India estaba maravillosamente linda esa noche, con su pelo negrísimo y lacio, su piel apenas dorada por el sol, con un vestido plisado y un regalo de freeshop pre devaluación, no logró que el destino se conjugara a su favor.
De hecho, el día D (por Duilio, obvio) quedaría en la memoria de todas nosotras como un nuevo y copioso triunfo de la #MalaSuerteSerial después del histórico llamado telefónico que me hizo India desde el taxi, a las nueve AM del día siguiente.
- “¿Vera?- intentó decir, creo. No le entendía por el llanto.
- “Indi, deduzco que no te fue bien. Seguro este hijo de perra no te tocó un pelo”
-”Noooo, Ve, dormimos juntos, me acabo de ir de su casa”
Sonreí para mis adentros, tan mala no podía haber sido la noche, entonces… ¿no?
Me equivocaba, pero tuve que esperar unos segundos para enterarme la razón.
-”¡Contame!, dije, tranquila, alentándola a que confesara, tratando de moderar mi propia curiosidad.
- “… me recibió increíble, hablamos por horas, me mostró lo último que había escrito. Nos emborrachamos juntos y me fue hablando de lo inteligente que era y de lo linda que estaba hasta que, como en una película, todo empezó a pasar con un beso mágico y …”
-”¡Cara dura, eso es lo que sos! – interrumpí, – “¿por qué llorás, entonces?
-”… nos bañamos juntos y volvimos a su cama… dormimos abrazados y ….”
-”¡¡¡Finalemente!!!! ¡¡Qué bueno! – grité, como siempre, sacando conclusiones antes de tiempo.
India seguía relatando como si yo no importara.
-”Y hoy me despertó con el desayuno. Yo me sentía feliz como nunca antes en la vida. Hasta que me miró, me sonrió y me dijo una frase que no me vuelvo a olvidar en la vida…”
Por primera vez, entonces, el sentido común predominó y noté la gravedad de su tono. Esperé. Largándose a llorar, como si tuviera 3 años, retomó el relato:
-”… Duilio me miró y con una mueca burlona me dijo: – Bueno, India, no se puede decir que lo de ayer haya sido un choque de planetas, ¿no?… ¿Qué te parece si lo olvidamos todo?
Y supe así como mi amiga había caído estrepitosamente cien mil metros en caída libre.
Cómo, todavía sosteniendo la taza de café y vistiendo solo una camisa con sus iniciales, semidesnuda, de visitante en la casa de este energúmeno creído había sido atacada de una forma brutal.
Ya no quedan caballeros, señoras y señores.
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Duilio e India: vértigo emocional
Madeleine: Why did you run?
Scottie: Well, I’m responsible for you now. You know, the Chinese say that once you’ve saved a person’s life, you’re responsible for it forever. So, I’m committed. I have to know.
Madeleine: There’s so little that I know.de la película Vértigo, 1958
-“India, te busco a las 9 sharp por tu departamento”, avisó al celular de mi amiga Duilio G – el nuevo tipo rondando la vida de India.
A ella se le ilumina la cara y sonrie. Pispea el reloj y eran 8 y 15. ¿A las nueve, lista? No chance.
Duilio sigue diciendo – “ Pero necesito, please, que estés atenta a tu reloj y, en el horario convenido, parada frente a tu caso de la mano que viene el tránsito, porque no quiero tener que estacionar”
India no entiende para qué tan temprano. La función off circuit de teatro que van a ver a Palermo no empieza sino a las 11.
-“Du, ¿puede ser a mejor 9 y media? Llegamos igual y necesito una ducha para sacarme el día de encima. Además, tenemos tiempo has las once, ¿cierto?”
-“Lamentablemente, India, no podemos modificar planes que ya están formulados”. – Sentencia Duilio. –“Pero no hay inconveniente. Dejamos la salida para otro momento. Lo siento, pero en cualquier otro horario que las 9 no es apropiado para mi.” – el tono de Duilio no se modifica, casi.
Lo suficientemente polite, pero implacable… Ya no hay forma de que cambie de opinión pero no se le nota. Solo quién lo conoce muy profundamente hubiese percibido una pequeña alteración en la forma de acentuar las sentencias.
India se pone nerviosa: -“Ok, Amor, y si voy directamente yo para allá y nos encontramos en la puerta?” – arriesga, sufriendo porque ya adivinaba la respuesta.
-“Prefiero que no” – sentencia él – “Te llamo en unos días, organizamos otra cosa” –
¿Posesivo?. Si.
¿Estructurado?. Más.
¿Egoísta? Por supuesto.
E igualmente India estaba perdida por este tipo que iba, de un extremo a otro tratándola bien primero, luego mal, después muy bien, ahora catastróficamente mal de nuevo.
¿Por qué seguía enamorada?
Hacía dos años que estaban juntos y nunca había podido decir: – “Te presento a mi novio” – porque eso era un no- noviazo. Una no-relación que la tenía cautiva.
En realidad, él no le daba el lugar de novia, ni cerca estaba de hacerlo. Si es verdad que sus mejores amigos - incluso Damián, su hermano - la trataban como tal. Si es verdad que había conocido a su madre, Mendocina. Si es cierto que había sido ella quien había acompañado noche tras noche el pico de stress laboral que le garantizó – finalmente – la tranquilidad económica. Además, podemos verificar – para quien todavía crea que era la frondosa imaginación de India que le jugaba trucos sucios, que ella quien figuraba como la única mujer en la dedicatoria de su primera novela. ( ¿Ya les conté?: Duilio también es escritor.)
Porque muchos días eran difíciles con Duilio pero un día cada mes él la homenajeaba con el mejor vino de su bodega, le conversaba sobre filosofía y literatura, pasaba horas y horas revolviéndole el pelo o acariciándole los pies, la llevaba a ver a Sabina o a García, le escribía y dedicaba un cuento de su autoría, la elogiaba en público frente a sus importantísimos amigos.
Un día al mes el la hacía sentir la mujer más bella, la más inteligente, la más especial, la mejor.
No le hacían bien los sube-y-bajas emocionales a India. Pero no podía bajarse. Estaba arriba y ahora abajo, ya ahora arriba y ahora abajo. No podía zafar de su destino cíclico en donde el hombre a quien amaba no le daba seguridad, ni refugio, ni tranquilidad.
Porque con cada una de esas noches legendarias, el mago hacía desaparecer todos los males de India, incluso aquellos que él mismo había generado.
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Duilio e India: the point of no return
”Ernest Hemingway dijo una vez: “El mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar”. Estoy de acuerdo con la segunda parte”- Kevin Spacey como John Doe, en Seven
India lo vio por primera vez cuando él se aproximó hacia ella en la recepción de La Financiera.
- “Bienvenida, India, ¿no?, que nombre inusual para estos tiempos. Me llamo Duilio, vas a trabajar conmigo.”-
Ni se había molestado en entrevistarla para el puesto. Al final, él era un gerente, a vistas importante y ocupado y ella, solamente la nueva pasante del sector.
India había llegado a ese, su primer trabajo en serio, bastante impoluta, con poquísimo kilometraje para sus 22 años y, aún así, notó en el corto trayecto entre la recepción y el que iba a ser escritorio la ausencia casi total de mujeres en el piso confortable y menemista que, situado sobre la calle Corrientes, marcaba el triunfo de la ley de convertibilidad de fines de los noventa.
India, que ya había visto a la secretaria – de aproximadamente noventa años – y a recepcionista – no mucho mayor de quince - entendió lo que la marea gris de testosterona y el desfile de trajes, gemelos y camisas bordadas con iniciales mostraban: un predominio absoluto del sexo fuerte que dejaba a la vista que, probablemente, ella jamás pudiera dejar de ser pasante ahi. Días después ella no iba a tener ninguna razón para permanecer en aquel lugar desagradable, misógino y decididamente superficial. Bueno, si, una sola razón que la mantuvo cinco meses más en un trabajo que odió segundo a segundo: Duilio, claro.
Cuando encendió la máquina tenía en su bandeja de entrada del Lotus Notes – si, no Outlook – el primer mail que la ataría a la relación más patológica de su vida. Intitulado “Adivina, Adivinador” decía así:
Hija de padres (felizmente?) casados, la (mayor?) de una familia numerosa, piensa que quiere dedicarse a las finanzas porque los números se le dan bien y eso la haría verse más inteligente y ser más aprobada que si se dedicara al arte, su verdadero interés.
No tiene amigas por fuera de la facultad (o /y la parroquia?), se siente morir si se saca menos de un 8 en la facultad, tiene opinión sobre todos los temas de forma categórica. No admite medias tintas, odia la mediocridad y su peor miedo es dejar de sentir culpas porque tiene miedo a las consecuencias de su liberación.
…..
El mail seguía y seguía por dos hojas describiéndola de forma tan perfecta que India no pudo sino enamorarse de él con una violencia tal que nunca antes había experimentado.
De ese tipo altanero, egoísta, que nunca llegaría a amarla y – mucho peor – haría lo suficiente para dar a entender lo contrario.
Pobre India: Ese día imprimió el mail, dejó a su terapeuta y en la facultad le dijo a Amiga:
-“La búsqueda terminó. Lo encontré”
Amiga leyó la perfecta descripción de la psiquis de India y juntas se abrazaron, deduciendo que nadie la iba a entender nunca como lo hacía este perfecto desconocido.
Poco sabía ella que una perfecta interpretación de la mente del otro puede servir no solo para amar, sino para destruir.
Si hubiese intuido, al menos, el sufrimiento que venía de la mano de Duilio, hubiese corrido, espantada, en la dirección opuesta.
Pero a esa altura de su vida India todavía estaba dentro del grupo de Las Afortunadas y no tenía noción alguna de que la suerte cambia, pero no como la marea – suave y cíclica – sino como cuando se desata una tormenta tropical – violenta, imprevista, inevitable.
De repente, un psicópata llega a tu vida y vos, vos que pensabas que eras inmune a esas cosas, vos… , te dejas psicopatear.
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Duilio e India: Cuando sos para él solo una amiga más
“Entre el infierno y la nada elijo el infierno” – Unamuno
Desenvolvió, demorando menos de una hora, uno a uno los 34 regalos que India había tardado dos meses en planear, plantear, elegir, preparar, organizar, envolver.
Cada uno de esos paquetes celebraba un año de su vida y era una declaración de amor inapelable, innegable, inequívoca.
Duilio se sorprendió primero con las bolsas. Abrió la puerta y la vió sosteniéndolas, enormes, casi de su tamaño, ella rodeándolas con sus brazos y sonriendo como si la carga no le pesara.
Pensó que tamaño volumen de paquetes no podía ser otra cosa que una broma ingeniosa de India, algún juego irónico que ella hubiese ingeniado con intención de divertirlo.
Pero no.
India sabía que estas fechas de conmemoración lo deprimían y, también por eso, esta vez había hecho mucho más de lo que alguien hace por Otro relevante: sus regalos eran serios, no eran broma ninguna, ofrendas para que Duilio se decidiera a favor de ella.
Él no era ninguna divinidad, pero lo parecía tanto… daba con cada punto del check list pretendido y cumplía tan holgadamente con las pretensiones superyoicas de la mente de India. Era “EL” tipo. Ese para presentar, ese para mostrar a los amigos, para presentarle a papá: brillante economista, eximio cocinero, poeta, electricista, carpintero, mecenas de arte, deportista.
Duilio era quien tenía que ser y ahora hacía lo que tenía que hacer desenvolviendo el primer regalo, que cargaba con una explicación, varias declaraciones, una cita, un pensamiento y una parte del corazón de India que, dividida en 34, se entregaba, agónica.
Con la esperanza de aprobar, de ser entendida, de que el milagro se produjese. Ella ahora lo ve festejar con ojos de nene una ballena de hule -“Para que te acuerdes de Puerto Madryn”- y ahora un carísimo descorchador neumático – con tecnología que India no puede pronunciar- para su obsesiva bodega –Duilio es mendocino- y ahora el CD de García que – increíblemente- el todavía no tenía (y quién, pero oh, quién podía atreverse a sugerir que ellos podían haber pirateado al gran maestro…) India esperaba ese resultado, el resultado inminente de su declaración silenciosa pero tan tan evidente como quien rinde la asignatura de una carrera universitaria que ha demorado toda una vida.
Y entonces Duilio llega a su último regalo y ve finalmente la primera edición del Rayuela de Julio que ella había buscado por cielo y tierra y había rastreado por toda la calle corrientes semanas y semanas de madrugada pero que encontró finalmente en un pueblito de Santa Fe y entonces viajó a buscar 2 días antes de tocar el timbre con las bolsas en la casa de Duilio.
Y Él lo abre y se emociona hasta las lágrimas por séptima vez en 34 regalos y la abraza tan fuerte que la levanta por el aire y la besa en el cuello y le dice:
- “Que maravilloso es tenerte en mi vida, Amiga”
India tendrá 90 años y, cuando los tenga, recordará ese segundo como el momento más parecido a su muerte, antes de su verdadera muerte, cualquiera que esta sea.
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