“You know how us catholic girls can be
We make up for so much time a little too late
I never forgot it, confusing as it was
No fun with no guilt feelings.
The sinners, the saviors, the loverless priests
Ill see you next sunday
We all had our reasons to be there
We all had a thing or two to learn
We all needed something to cling to
So we did”
- Forgiven, Alanis Morissette
En la parroquia de Santa Rita nunca hubo demasiadas dudas con respecto a lo que debía depararnos el futuro.
La receta para ser feliz y exitosa era bastante sencilla:
Había que ser buena, cultivar los valores y la moral católica.
Había que sacar buenas notas y durante los fines de semana trabajar ad honorem en comedores comunitarios. Finalmente, había que noviar para casarse – en lo posible virgen – con alguno de los solteros de “La lista”.
……..
Militábamos en Acción Católica y teníamos, en promedio, 20 años.
Habíamos crecido con todos los yugos y restricciones de las familias católicas activas y practicantes.
Fuimos a colegios parroquiales y de monjas.
Pasamos nuestros veranos vacacionando en grupos cerrados, nuestra vida nocturna adolescente suavizada por bailes parroquiales, kermeses familiares, asaltos a beneficencia.
Siempre supimos que determinadas cosas estaban “bien” y otras “mal”.
Nuestro mayor sueño era formar una familia parecida estructuralmente a la de nuestros padres, que se apoyara firmemente en los valores morales tradicionales.
Pero nacimos en los 70s y el mundo había cambiado allá afuera: éramos corderitas entre lobos.
Estábamos solas con nuestros requisitos frente al resto del mundo que no vivía nuestras vidas ni soñaba nuestros sueños.
Por eso, y porque estaban a mano, nuestro universo de hombres posibles se reducía a los 20 o 30 integrantes de “La Lista”:
Tipos que compartían la fe católica y ciertos valores en común con nosotras y que eran parte de nuestros fines de semana parroquiales, abogando por esos que eran, en ese momento, nuestros ideales.
Eran el océano posible de peces en el mar.
Eran todos y cada uno de los números de la lotería.
No podíamos ver más allá de ellos.
No podíamos ver tampoco que, más allá de las pocas afinidades que si compartíamos, eran en general deslucidas versiones mediocres y poco fogueadas de los hombres que soñábamos.
Eran tipos que no nos cortaban la respiración ni nos hacían soñar.
Eran tipos que no hubiésemos mirado más de dos veces fuera del contexto eclesial.
Pero:
Al ser un universo escaso, “La Lista” estaba siempre al 70% ocupada, noviando. El 30% restante disponible tenía legiones de seguidoras que se les regalaban en cada posible oportunidad.
Al ser un universo escaso, no existían códigos de amistad previa que impidieran que una se pusiera a noviar con el ex de su mejor amiga, o de su hermana. O que saliera con el mejor amigo de su ex.
Al ser un universo escaso, nosotras desesperábamos a medida que la lista se iba achicando, acotando, ocupando.
Si no era con ellos, ¿Con quién?
M irandolo a la distancia, más de 13 años después, me doy cuenta que el paraíso, para los hombres de Santa Rita, quedaba en la tierra.
Y estoy segura de que elegían pertenecer a ese contexto, avivados, antes que muchos otros, de cuanto puede determinar un microclima en la elección de pareja.
Valieron durante todos esos años artimañas de seducción descarada, rotura de códigos, traiciones impensadas. Odios entre nosotras.
Tan buenas, tan modositas, tan católicas.