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Diagnóstico de mi situación actual. Parte 1

No se olviden nunca que los melones se van acomodando en el camino , y este camino es largo, y la vigencia te la da la vida …. ” – @flaviapalmiero

Yo viví una fantasía durante muchos años.
Creía habitar en un mundo perfecto, en donde las cosas llegaban a quienes lo merecían, el mundo de la posibilidad, de la causa y del efecto.
 
Hace tiempo que veo mi vida de forma más consciente, más real.
Entiendo un poco mejor quien soy y qué es lo que logré hasta ahora.
Se mejor lo que puedo esperar del futuro y qué sueños necesito dejar atrás.
Producto de nuevas compañías, de muchas sesiones de encuentro conmigo misma en el diván de mi psicóloga y, también, fruto de haber tenido que enfrentar realidades duras, de esas que hacen que tengas que dejar de lado la burbuja para siempre.

Y no voy a decir que el corrimiento del velo no tiene sus cosas positivas: libera, hace crecer y, a la larga, frustra menos.

Es cierto que tener los ojos abiertos es necesario, hasta imprescindible, si no se quiere terminar el vuelo como un Ícaro cualquiera.

Pero como cuesta. Cuánto más confortable era ser ciega.

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¿Hacer el duelo y ser amigos? La historia de Aleja, parte III

“…y a mi enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo” – Mediterraneo, Joan Manuel Serrat

Yo venía leyendo sin siquiera respirar la historia de Alejandra, que empezó por un mail y siguió con otro.
Y a medida que leía me iba llenando de pena, de bronca, de intriga.

No iba a tener que postergar mucho mis ansias de saber como seguía su historia, ya que, apenas actualicé la pantalla del inbox,  ya estaba recibiendo el final de la historia de esta nueva amiga virtual.

Ale decía:

Te imaginarás, Vera, que me negué.
Que viniera con ese pedido ya era como too much.
Le dije que resuelva sus historias.
Lo saqué carpiendo…

Y se estaba yendo, nomás. Vi su cuerpo salir de casa y acercarse a la escalera cuando  dio vuelta la cabeza y mirándome a los ojos me dijo algo que nunca me voy a olvidar:

Juanjo: -“Siempre me dio la sensación de que aceptaste salir conmigo tan solo para paliar tu propia soledad, para rellenar el espacio

Fijate, Vera, lo cruel de la situación:

Yo había sido feliz sola.
¡Hasta que me enamoré de un alguien que todo el tiempo pensó que yo lo había elegido para no estarlo!
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receta para tratar con hombres celosos

 

El enamorado celoso soporta mejor la enfermedad de su amante que su libertad.” – Marcel Proust

Lo que pasó cuando Pampa vio plasmada la historia de Filomena en el último post es que ella, siendo la eximia contadora que es, quiso que también cuente la historia de Ernestina, simplemente para armonizar la balanza, para equilibrar el peso. Se sabe que la necesidad de equilibrio es una de las principales búsquedas de la profesión del Debe y del Haber, con lo cual no quise oponer resistencias.

Entonces, acá va, a pedido de ella:

Ernestina, hermana de Filomena, fue siempre la hermana linda.
Mientras que a Filo la querían por modosita, simpática y bien educada a ella le alcanzaba simplemente con su belleza usada como pasaporte al lado “A” de nuestros círculos sociales.
La reina de la primavera, la que siempre era invitada a bailar primero en los asaltos, la que no hacía fila y pasaba gratis en la matinée, la que tuvo novio de 5to en primer año, la liberada en el viaje de egresados.
Su sonrisa derretía el hielo más ártico, sus piernas paraban el tránsito, sus uñas rojas eran impecablemente sensuales.
Con cabello largo que comprometía la respiración de más de uno y escotes que, al provocar taquicardia segura, no eran aptos para cardíacos.
Famosa por sus polleras cortas y sus tacos de 10 centímetros, Ernestina era feliz hasta que conoció a Guillermo.

Guillermo, que una vez que la volvió “Su” Señora, la sintió parte de su propiedad. Como si, libreta de por medio, la hubiera adquirido para su consumo exclusivo.
Como poseído por un Mr Hyde celoso, empezó a fijar reglas de comportamiento, normas y manual de uso del papel de esposa fiel y responsable.

Fue así que desde que Ernestina se casó ya no pudo trabajar, ni salir con sus amigas, ni usar tacos, escotes o esmaltes rojos en sus nuevas uñas – ahora cortísimas.

Las polleras pasaron a ser largo Chanel, los colores estridentes fueron apartados del guardarropas.

Ernestina acató sin resistirse. Para ella también casarse significaba “atarse“. Ser era, de alguna manera, obedecer.

La vimos hace poco, caminando al lado de su marido, empujando el chango del supermercado.
Nos costó reconocerla: Ella, la más linda de todas, ahora una mujer en batón que era dos veces el tamaño original de la hermana de Filomena.
A tres años de casada, Ernestina lleva subidos 54 kilos de pura angustia.
 
Y Guillermo todavía vigila.
Sufre, porque no sabe como hacer para que no la mire nadie.

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Aprenda como convertirse en muñeca inflable

Ain’t no sunshine when she’s gone.
It’s not warm when she’s away.
Ain’t no sunshine when she’s gone
And she’s always gone too long anytime she goes away
“- Bill whithers

Filomena era bellísima cuando la conocí. Una pelirroja natural dueña de los ojos verdes más lindos del mundo.
Aunque no era de naturaleza provocativa tenía mañas y modales felinos que fueron los que, justamente, atrajeron a Juan hacia ella.

Juan (o, en realidad, el Dr Juan Andrés Ollarzabal, phd, cirujano plástico de las celebrities) pudo hacer a un lado las pecas, los rulos y los kilos de más de la mujer que se sentó frente a él en el bar.
Imaginósela con nuevo escote y boca rellena, con cejas arqueadas y lipo “puesta”. Y la eligió así, como quien escoge materia prima de calidad:

  • Altura correcta: Check
  • Tamaño de las manos: Check
  • Caudal de cabellera: Check

Primero fue convencerla de la depilación definitiva y del peeling químico. Luego del alisado permanente y del colágeno en los labios. Un mes después de eso Filo ya lucía algo botoxeada y con la expresión un tanto más rígida. Al verano siguiente delantera nueva y abdomen chato.
Dejé de verla ese año, se fue poniendo aburrido escuchar de intervenciones y pozos operatorios, de protección solar y dietas pre quirúrgicas.
Cuando la volví a ver, Filomena había desaparecido.

En su lugar estaba Barbie sin su color de pelo rojo zanahoria, ni sus pecas, ni su arruga de entrecejo.  Toda tuneada, toda producida, no exagero diciendo que sus ojos verdes ya no brillaban como antaño. Una amiga a base de dietas líquidas y tratamientos dermoabrasivos.

Como es de esperarse hubo un día, años después, en el que el Dr Juan Andres Ollarzabal, phd, cirujano plástico volvió a ser solo Juan. Y se aburrió de su muñeca inflada. Se enamoró de una hippie antropóloga que, trabajando para su tesis de doctorado, lo cuestionó fuertemente en sus métodos y ética.

Barbie Filomena se quedó sola solo unos días. Enseguida encontró refugio en los brazos de otro hombre que hoy también la utiliza de trofeo: no le pide opiniones, pero le regala joyas. No la escucha, pero tampoco la conoce, aunque si le da extensión de su Amex Gold.
Filomena, la que era mi amiga, se perdió para siempre.

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Foránea 2

Hubo un tiempo que fue hermoso
y fui libre de verdad
guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal.
Poco a poco fui creciendo
,
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo
como pompas de jabón
” – Canción para mi muerte, Sui Generis

Como relaté ya muchas veces, he sabido ser feliz en el pasado.

Fui miembro de ese escaso grupo de afortunadas, aunque reconozco no haber tomado dimensión del hecho hasta pasar a formar parte del bando contrario.
Como siempre, una no sabe valorar eso bueno que tiene, mientras que lo tiene.

Y desprejuiciada e irresponsable, desaproveché oportunidades que golpeaban a mi puerta, siempre apostando por más y mejor.
¿Cómo iba a saber yo el mundo que me aguardaba? ¿Cómo aceptar un futuro que está “bastante bien”, cuando una vislumbra y pronostica para una misma algo fabuloso?

Pero cuando se apuesta hay que estar dispuesta a perder y mi vida definitivamente es la tangibilización de los riesgos asumidos.
Así pasó con mi experiencia en Inglaterra: hombres que había despreciado, que había dejado pasar. Historias que quisieron ser profundas pero no encontraron mi tierra suficientemente fértil para germinar.
Eso hasta hace un mes, cuando Linda me instó a validar este claim, o a abandonarlo de vez.

Linda Cooper es mi amiga desde que nos cruzamos una tarde de enero en Café Rouge y mantuvimos una discusión acalorada acerca de Sarah Brightman en Phantom of the Opera. Es linda como si su nombre lo hubiese determinado e inteligente como para no hacer alarde de eso. Es mi amiga desde mis tiempos de vacas gordas y no cree en que la #malasuerteserial sea parte de mi realidad treintañera.

Por eso, luego de pensar en posibles formas de rebatir mi hipótesis, decidió realizar su propia prueba empírica. Y se puso a rescatar del olvido todos hombres de mi verano adolescente, back in 1995.

Después de un esfuerzo considerable, encontró a cada uno de ellos.

Y reconoció en mí a la verdadera némesis del Rey Midas, comprobando que cada hombre que pasó por mi historia se convirtió en inadecuado, imposible, nada.

Y resultó ser que:

Hoy por hoy:

Olivier es un borracho perdido que se niega a hacer el tratamiento correspondiente. En el barrio es conocido por acosar a veinteañeras en bares.

Jon está desempleado hace más de seis años y vive del seguro social (Si, en Inglaterra se puede).

Mark va por su quinto divorcio y tiene solamente 34 años.

Liam fundó su propia religión, poligámica.

A Sam lo busca la policía, tiene abiertas varias causas penales por golpeador.

¿Y Christopher? Chris es la excepción a la regla. Está casado hace más de diez años con su gran amor. Una chica latina que, según el testimonio de Linda, es posiblemente mi clon.

Está claro, ni siquiera en Inglaterra tiene validez my little black book.
Oh Lord, help me.

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Foránea

Casi morir no cambia nada. Morir lo cambia todo” – Dr House

Cuando era joven viví un tiempo en Inglaterra.

Como toda extranjera latina, yo también gozaba de ese “je ne sais quoi”  que atrae hombres de culturas diferentes a la de una, solo por el hecho de que se nos nota el acento al hablar. Por entonces, yo era una morocha ingenua que no lo parecía, en una tierra lejana que me recibía, ávida de mis excentricidades y jeitos.

Por esa época, además, yo no conocía la mala suerte serial. Como la mayoría de mis amigas y lectoras de este blog, la desgracia llegó a mi vida bien entrados los 25 años.

Hasta entonces, fui una mujercita tranquila, optimista, segura…

Es así que no me extrañó demasiado que durante los meses que pasé en England conociera a Olivier, Jon, Mark, Liam, Sam y a Christopher.

Salí y me divertí a rabiar con cada uno de ellos, los besé a todos con igual pasión adolescente y de cada uno de mis gentleman me separé sin titubeos. Como a partir de mi vuelta, un ancho océano iría a separarnos, no quería permitir que nada demasiado profundo nos uniera.

Así fue que, cuando volví a Baires lo hice sola y en mis valijas no hubo lugar para duelo ni sufrimiento. Estaba feliz con la experiencia acumulada y rescataba eso por sobre otras cosas.

Y mi pasado inglés se quedó en London.

Por una cierta cantidad de meses en forma epistolar algunos de ellos jugaron al héroe  declarando su amor y  amenazando con emigrar hacia Argentina en busca de los favores de la pelilarga de boca desproporcionadamente grande. Yo no estaba para nadie en ese momento e hice de esas declaraciones lo mismo que la mayoría de las otras mujeres: reafirmé mi autoestima, mimé mi ego. Y las guardé en un lugar poco privilegiado de mi memoria.

Cinco largos años después de mi experiencia internacional, mi suerte se había modificado. Mi historial acumulaba historias de infortunio y desamor que luego serían el asunto principal de este blog. Desde que cumplí 25 primaveras la  #malasuerteserial se convirtió en mi estigma y la soledad me eligió de manera sistemática, incansable y persistente como la peor plaga.

Y así fue como durante estos últimos 8 años fui perseguida, acosada, por el recuerdo de Londres.

La chica que había sido era una burla a la mujer en la que me había convertido. Un recuerdo doloroso de juventud, futuro,  posibilidades y despreocupación.

Y, aunque no lo hacía en forma consciente, todavía guardaba en mi cabeza la singular sensación, la extraña teoría de que, en Londres, mi vida hubiese sido distinta.

Luego de cada desamor pensaba en ellos:

Reencontrar a Olivier, Jon, Mark, Liam, Sam y Christopher se volvía un plan. Una posible jugada: la última carta, la final. La que reentrenaría mi suerte y me devolvería a la vieja versión de Vera.

Porque en Inglaterra yo valía. Porque England me volvía candidata, deseable, elegible.

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Marita entiende

“I’ve had a hole in my heart
For so long
I’ve learned to fake it and
Just smile along
Down on the street
Those men are all the same
I need a love

Not games
Not games”
– Candy, Iggy Pop

Marita me escribe un DM a twitter.

No dice mucho, los 140 caracteres impiden profundizar y exigen síntesis.

Solo dice:

@ahoraentendi
Tantos años sintiéndote una perdedora y ahora finalmente me doy cuenta .que valía la pena cultivar la individualidad. Aprender a estar sola

No entiendo por qué específicamente me lo dice ahora, pero mientras me sonrío disco (ok, marco, porque discar, lo que se dice discar no existe más, no?) inconscientemente los números de su celular.

Atiende al grito de -“Vera!”-, y su voz suena como muchos cascabeles juntos: está contenta.

-“Marita, que bueno es escucharte asi” – le digo, elaborando teorías varias que intentan explicar el por qué de tanta alegría.

-“Si, estoy feliz” – confirma con tono burlón, divertida con mi sorpresa.

Marita me criticó siempre por lo que ella denominaba mi “inflexibilidad en la soledad”: una serie de decisiones, de actitudes que, según ella, enviaban a sexo opuesto la señal clara de que yo no quería a nadie al lado mío.

Para ella, mis elecciones de vida pasaban un mensaje de “no necesito de nadie” escrito para quien quisiera ver que yo amo estar sola.

No importaba cuanto yo intentara aclarar que no era así, que lo único que yo quería era vivir mi vida plenamente en lugar de sentarme a esperar que llegue El Adecuado.

Recién hoy me entendió.

Cuando se animó a ir al cine y a salir a cenar sin compañia por primera vez.

Y se de cuenta de que ahora se conoce mejor que ayer.

Y cuando fue feliz, entendiendo que no hay mejor sensación que la de sentirse cómoda en la piel de una.

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Catholics

“You know how us catholic girls can be
We make up for so much time a little too late
I never forgot it, confusing as it was
No fun with no guilt feelings.
The sinners, the saviors, the loverless priests
Ill see you next sunday

We all had our reasons to be there
We all had a thing or two to learn
We all needed something to cling to
So we did” 

- Forgiven, Alanis Morissette

 

En la parroquia de Santa Rita nunca hubo demasiadas dudas con respecto a lo que debía depararnos el futuro.
La receta para ser feliz y exitosa era bastante sencilla:

Había que ser buena, cultivar los valores y la moral católica. 

 Había que sacar buenas notas y durante los fines de semana trabajar ad honorem en comedores comunitarios. Finalmente, había que noviar para casarse – en lo posible virgen – con alguno de los solteros de “La lista”.

……..
Militábamos en Acción Católica y teníamos, en promedio, 20 años.

Habíamos crecido con todos los yugos y restricciones de las familias católicas activas y practicantes.
Fuimos a colegios parroquiales y de monjas.
Pasamos nuestros veranos vacacionando en grupos cerrados, nuestra vida nocturna adolescente suavizada por bailes parroquiales, kermeses familiares, asaltos a beneficencia.
 
Siempre supimos que determinadas cosas estaban “bien” y otras “mal”.
 
Nuestro mayor sueño era formar una familia parecida estructuralmente a la de nuestros padres, que se apoyara firmemente en los valores morales tradicionales.
 
Pero nacimos en los 70s y el mundo había cambiado allá afuera: éramos corderitas entre lobos.

Estábamos solas con nuestros requisitos frente al resto del mundo que no vivía nuestras vidas ni soñaba nuestros sueños.
 

Por eso, y porque estaban a mano, nuestro universo de hombres posibles se reducía a los 20 o 30 integrantes de “La Lista”:
 
Tipos que compartían la fe católica y ciertos valores en común con nosotras y que eran parte de nuestros fines de semana parroquiales, abogando por esos que eran, en ese momento, nuestros ideales.
 
Eran el océano posible de peces en el mar.

Eran todos y cada uno de los números de la lotería.
 
No podíamos ver más allá de ellos.
No podíamos ver tampoco que, más allá de las pocas afinidades que si compartíamos, eran en general deslucidas versiones mediocres y poco fogueadas de los hombres que soñábamos.
 
Eran tipos que no nos cortaban la respiración ni nos hacían soñar.

Eran tipos que no hubiésemos mirado más de dos veces fuera del contexto eclesial.
 

 

Pero:
 
Al ser un universo escaso, “La Lista” estaba siempre al 70% ocupada, noviando. El 30% restante disponible tenía legiones de seguidoras que se les regalaban en cada posible oportunidad.

 

Al ser un universo escaso, no existían códigos de amistad previa que impidieran que una se pusiera a noviar con el ex de su mejor amiga, o de su hermana. O que saliera con el mejor amigo de su ex.

 

Al ser un universo escaso, nosotras desesperábamos a medida que la lista se iba achicando, acotando, ocupando.

 

Si no era con ellos, ¿Con quién?

 

M irandolo a la distancia, más de 13 años después, me doy cuenta que el paraíso, para los hombres de Santa Rita, quedaba en la tierra.
Y estoy segura de que elegían pertenecer a ese contexto, avivados, antes que muchos otros, de cuanto puede determinar un microclima en la elección de pareja.

Valieron durante todos esos años artimañas de seducción descarada, rotura de códigos, traiciones impensadas. Odios entre nosotras.

 

 Tan buenas, tan modositas, tan católicas.

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Quiero una esposa tercermundista

Anybody find me somebody to love” – Queen

 

Lupe casi se casa con François hace dos años.

 

Se habían conocido una noche, formalmente presentados en una fiesta de San Isidro High: Ella, argentina. Él, belga.

 

François estaba visitando el país como orador principal de una consultora primermundista que asesoraba con glamour  y traducción simultanea a empresas locales.

Lupe había terminado de cursar la facultad y se estaba yendo a vivir sola.

 

François  puso su mirada en Lupita esa misma noche, pero se tomó los días subsiguientes para evaluarla.

 

Así supo que:

Lupe no tenía en su pasado ningún novio formal, era católica y parecía sumisa.
Virgen, inexplorada y de familia tradicional, era comportada, razonablemente linda y educada.
Por esas y otras varias razones que François nunca nos contó, Lupita representó en pocos días el fin de la  búsqueda que François había emprendido tiempo atrás.

 

¡François la había encontrado!

 

- “Tu te marierais avec moi?”-  le propuso casamiento solo 10 días después de haberla conocido.
- “Oui” – dijo ella, que siempre había tenido fe en los finales felices.

 

François volvió a Europa, entonces, y a distancia fijaron fecha de bodas.

Ella eligió por fotos los muebles que el compró.

Se pusieron de acuerdo por teléfono en la cantidad de invitados a la fiesta.

Acordaron por carta el itinerario de la luna de miel.

 

Y aunque todo parecía marchar de maravilla en el norte del mapamundi, el otro lado del mundo, poco a poco, Lupe empezó a entender, a detectar que François tenía destinado para ella un lugar como cocinera, un papel de esposa fiel, el rol de madre perfecta.

 

Y vió, con el pasaje en la mano, que ella era solamente la última pieza en el rompecabezas: Él la quería, él la necesitaba para equilibrar y completar la obra maestra de su perfecta vida:
Empresario exitoso, hombre culto y refinado, en breve François también sería un esposo amoroso y un padre dedicado.

 

Lupita podía sentirse segura: ese hombre era una garantía de cuidados para siempre. Probablemente no tuviese que volver a trabajar ni a preocuparse por el futuro inestable que se planteaba ante ella. Probablemente él representara todo lo que la mayoría de las mujeres quería.

 

Pero Lupe quería el AMOR. Así, y con mayúsculas:
Quería el tornado, el Tsunami.
Quería la revolución.

Y entonces, canceló el exilio y los esponsales justo a tiempo.

 

Curiosamente, François no se desanimó y decidió seguir luchando para recuperar su sueño.

 

Y en la fecha prevista él finalmente logró lo que quería: Se casó.

Solo que con Kenita, una chica sudafricana que conoció 3 semanas antes del due date.
Felicitaciones. Chapeaux…

Claramente un hombre que se sabe manejar bien en situaciones críticas.

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francisca espera

El olvido es la única venganza y el único perdón” – Jorge Luis Borges

Francisca había cursado la secundaria con José.
Él la había admirado siempre pero había mantenido distancia por miedo al rechazo.
A los 17, Fran era, sin dudas, la más popular de la clase.
José era uno más del montón. Y estaba bien conciente de ello.

El último día de clases el le dio su corazón en una carta en donde le declaraba su amor.
Ella solamente atinó a reírse de la situación, giró sobre si misma y desapareció de la vida de José sin ni siquiera volver la mirada atrás.

El tiempo pasó de forma irremediable.

Francisca tiene hoy 35 y es soltera. Nunca pudo construir las bases necesarias para estar pareja con un tipo decente.  Ya no se siente una star: su soltería le pesa y está triste y aburrida.

En la reunión de ex compañeros se produjo el reencuentro y ella vio con ojos nuevos a José.
Recordó el interés que él tenía en ella y lo juzgó intacto.
Solo que las cartas se habían vuelto a repartir y ahora él era el exitosísimo Ing. José Rodríguez Ávila, empresario exitoso, coleccionista de arte, buen mozo y soltero sin apuro.

Fran apeló a la memoria emotiva y sacó a relucir a la enfant terrible de 5to año. Y esa noche José la llevó a su casa y la besó en su zaguán.

Y se fue, dejándole las ilusiones renovadas y el compromiso de acompañarla al siguiente jueves a ver el último estreno de Woody Allen.

José no llamó el jueves. Ni pasó a buscarla. Ni la llevó al cine.
Ni se acordó de ella cuando hacia la fila para el Candy Bar con la rubia de turno.

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