“La suerte de la fea, la linda la desea” – anónimo.
Desde chica adiviné que iban a ser parte de Las Afortunadas.
De familia acomodada, bien educadas, gráciles, femeninas y hasta con destreza natural para artes y deportes. Y, como si fuera poco: soberbiamente bellas, las chicas de Pierce.
Sus ojos claros iluminaban la tierra que pisábamos nosotros, los mortales, contrastando con sus pieles doradas durante todo el año. Glamorosas ellas, casi en la categoría de “Diosas”, las mellizas Bárbara y Linda Pierce.
Linda Pierce. Tan inteligente que era brillante, pero con modales simples, con rostro galés, frente amplia, labios carnosos. Esbelta y de belleza clásica, paraba el tránsito de las calles de Isidro cuando caminaba hacia el club con su palo de hockey, Linda.
Bárbara Pierce. Tan misteriosa y felina. El alma de todas las fiestas, la protagonista de todos los school plays, la que salía filmada en la tele porque el camarógrafo del trece no podía despegarse de su embrujo el primer día de la temporada de Punta, quitaba la respiración, Bárbara.
Por supuesto, eran las novias de los hombres más deseados de la ciudad.
Hacían justo honor a su nombre, tan lindas ellas, tan bárbaras.
Las conocí cuando todavía también yo era parte del clan de Las Afortunadas, durante la facultad, y por cosas del destino, dejé de verlas justo antes de dejar de serlo.
Durante esta última década me las imaginé exitosas en prácticamente todo, con fortunas concordantes con el pasado que habían sabido disfrutar.
Ayer volví a ver a las mellizas Pierce luego de diez años en una reunión más de fin de año. Y si bien vengo de una década infame de derribar mitos y destruir castillos imaginarios, aún así no podía creerlo, tan atada que está una al pensamiento de que el futuro está en línea con el pasado, cuando no es así.
Y – por favor, que cliché – no esperen que les diga que me las encontré arruinadas, feas e insulsas. Eso no pasó. Estaban, incluso, mejoradas respecto de mis recuerdos.
Linda seguía siendo linda. Bárbara seguía siendo bárbara.
Las mellizas Pierce, sin embargo, no habían tenido suerte en el amor, contra todo pronóstico.
No viene al caso contarles sus historias falladas, de traiciones y desencuentros, de pena y dolor, de cartas astrales frustradas.
Lo que si es importante es que les cuente que nos pasamos la tarde mirando fotos de casamientos y maridos y bebés de las que considerábamos chicas promedio hace 10 años atrás. Felicidades de aquellas que hace quince años no se destacaban, que parecían no atraer, que se consideraban invisibles. Ellas, que estaban ahora casadas, noviando, con hijos, con amantes. Ellas, que eran queridas por tantos, las nuevas chicas populares.
Y las Pierce, solas.
Otro claro ejemplo de que el branding puede construir un lugar en la mente del consumidor target pero, finalmente, puede fallar en el momento de la verdad, a la hora de la venta.