“Nada es veneno. Todo es veneno. La diferencia está en la dosis” – Paracelso
Lana ingresó como Gerente de Ventas en la Multinacional y el primer día tuvo que salir, como parte del programa de inducción, a recorrer las góndolas de los supermercados para entender la exposición de los productos de la empresa.
Su guía en Wall-Mart fue un repositor de 61 años llamado Cirilo.
A punto de jubilarse, Cirilo no hacía mucho más que salir a fumar cada 10 minutos y conversar con las cajeras.
Menos esa mañana, cuando ocupó también parte de su día en entrevistar a Lana.
En unas horas, él ya sabía lo suficiente sobre mi amiga: cuánto tiempo de vida, cuántos años separada, cuántos hijos, cuánto dinero al año. Qué libros, qué hobbies, qué tipo de familia, qué idiomas, qué deportes.
Y después de formarse un identikit bastante adecuado, Cirilo la eligió para su hijo, Marcos.
Esa tarde lo llamó al celular y consiguió que ambos jóvenes entablen una conversación que terminó razonablemente bien cuando Marcos invitó a Lana a comer a su casa esa noche.
Lana, sintiéndose especial, validada, eligió el vino, tomó un taxi y tocó el timbre.
Y diez horas después, se fue de lo de Marcos, esperanzada y feliz.
Mientras que Lana volvía a su casa, Cirilo recibió un mensaje de texto que decía: “Grande Viejo! Conseguime otra pechugona cuanto antes. En lo posible blonda, jejeje. Thx!! “
Cirilo suspiró: Los nietos estaban cada vez más lejos.

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