15 Noviembre 2009

el mejor del mundo

I’ve found that when you want to know the truth about someone that someone is probably the last person you should ask.”  – Dr House

Tania se sentó en la terraza de TGI Friday´s a esperarlo.
-“Voy a tener puesta una remera que dice “It´s not Lupus” ” – le dijo él y ella pensó que si era, al igual que ella, fan de House, adoraría la ironía y, entonces, la cosa no podía ir tan mal.
Había aceptado conocerlo por despecho. Por bronca contenida de que el objeto real de su deseo, el centro de todas sus miradas, ese tipo que la volvía loca estaba con el cartel de “libre” apagado.  Ocupado por otra, ella tenía que mirar para otro lado.
Le hablaron del tipo que venía a Friday´s a almorzar todos los días, porque le quedaba cerca de la redacción. Era periodista deportivo, pero de los que trabajaban de eso.

A ella le venía bien la profesión.
Estaba cansada de los que se quedan sin palabras. Necesitaba de la dialéctica.

Pero nunca contempló los riesgos de citarse con desconocidos.

Mi amiga Tania vio venir una remera de Dr House añadida a un tipo bajo, flaco pero con panza prominente y de pelo largo atado con una bandita peluda, de las que venden en el tren.
Meneando ese pelo lacio y largo, como si fuera un habitué de la movida tropical, la identificó por su flor en el pelo y se sentó a su mesa.

Era invierno pero había sol. Decidieron quedarse mirando el río.

-“Soy el mejor periodista de Golf del mundo” – le dijo, esgrimiendo de entrada unas credenciales difíciles de probar. Y pronunció su apellido anglosajón, Twicknham, de la peor forma posible:   – “Nosotros, los Tuiquenan, somo todos periodista
Cuando Tania vio que, además, se comía las eses, se le fue el hambre. Y a ella nunca le pasa eso.

Durante una hora el almorzó y a ella se le atragantó la comida.
Él le contó (muchas veces con la boca llena de comida) ,  su amistad con las celebrities del deporte (- “Siempre me atienden el celular, siempre”- ), su separación (-“…Pero ni loco le dejaba la casa, así es que desde hace 2 años estoy viviendo en el estudio. Pero cada uno hace su vida, no te vaya a creé” – ), las razones por las que, a veces, el amor se acaba (- “Si, un poco como que se volvió torta, o bi, viste?”), sus preferencias a la hora de salir a la noche (- “¿Cómo nunca fuiste a América?” ).

Tania, sintiéndose morir, esgrimió excusas laborales para irse apenas él tomó aire para respirar.

Cuando llegaba a la puerta, escuchó que él le decía a la camarera:
-“A esta la voy a invitá a jugar al pool, ¡que tremendas tetas tiene!”

Tania lloró todo el camino de vuelta a la oficina.

Y hasta ahora no volvió a aceptar otra cita a ciegas.

10 Noviembre 2009

El día en el que Martina vuelve a estar sola

Respirar es un hábito. La vida es un hábito o, mejor dicho, una sucesión de hábitos, ya que un individuo es una sucesión de individuos.” – Samuel Beckett

Martina siempre fue una fanática del pelo.

No, del pelo no: del secador. Del brushing en el pelo.

Es perfectamente capaz de levantarse 70 minutos antes de lo lógico en un día normal, solamente para poder dedicarse a que su pelo nunca sufra un bad hair day.
Nunca la entendí, en ese punto, porque soy más fan del estilo bed head y de la practicidad. Y de dormir, porque si a mi escaso sueño le restase una hora, sinceramente, estoy frita.
Pero si la entiendo a ella, a Martu, que cultiva esta maña de soltera  (como yo ya tengo tantas de raíces largas …) y lo hace con dedicación, empeño, devoción, profesionalismo.

Y si hablamos de profesional tenemos que mencionar a su secador de pelo. Con tecnología de la NASA, eficiente y eficaz como pocas cosas en la vida, confiable a extremos donde solo puede llegar un electrodoméstico, costó un ojo de la cara. Definitivamente el minielectrodoméstico más caro del mercado. Fue, además, un regalo de su madre. Y su madre no hace regalos. Irreemplazable, Martina lo adora, lo cuida, lo lo trata bien.

Los acontecimientos nos llevan a la casa de Martu, el día de la profanación del sacro elemento:
Franco, el momentáneo hombre en la vida de Martu, de reciente adquisición, decide – equivocadamente, a esta altura del relato ya todos se dieron cuenta, no? – utilizar sin permiso de la propietaria – aprovechando una salida de la misma al supermercado Amanecer Armonía del barrio – el fundamental electrodoméstico para secar unas zapatillas de su propiedad que habían sido empapadas por la lluvia de ese día.

El artefacto, que acostumbrado estaba al trato femenino y respetuoso de martina, decide recalentar fervientemente, anticipándose a la actitud que en breves instantes tomaría la dueña y dejar de funcionar.

El Peor-es-nada que explica la traición sin asignar valor a los acontecimientos como debería. Martina que empieza a hablar diez tonos más agudo de lo tolerable al oído humano, Franco que atina a excusarse de mala manera persistiendo en la actitud incorrecta de no entender la dimensión real del drama que está aconteciendo. Martina que saca al profanador de su casa y de su vida sin más y llora desconsoladamente por su pérdida (la del secador). La depresión que llega.
El teléfono que suena y es ella:

Mi amiga me cuenta deprimidísima la sucesión de hechos. Que no puede reemplazar el secador salvo por una berreta imitación de este que ya fue suyo tanto tiempo, que casi la entendía. Que hizo la cuenta y que ahora pasará al menos 50 minutos más de lo habitual para lograr un resultado de inferior calidad. Que todo tiempo pasado fue mejor.

A esta altura, si es que siguen ahí, saben muy bien que Martina, como yo, es una mina difícil. También lo se. Pero no quiero enterarme que la juzgan como superficial.
Cada corazón tiene una lógica que no entiende de racionalidades. Y como para salir en defensa de mi amiga doy fe de que esta obsesión era de las evidentes hasta para un ignoto en principios psicológicos básicos.

No es que ella haya preferido un artefacto a este nuevo hombre en su vida.

Solo que entendió, en pocos instantes, que este alguien nuevo no la había aprehendido, cazado, descubierto.  Jamás hubiese  arriesgado tocarle un secador de pelo si lo hubiese hecho.

Y hace mucho que Martina decidió que quien venga va a tener que abrirle los brazos a sus pequeñas neurosis cotidianas.

5 Noviembre 2009

Alimañas

 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.»  – Gen 1:26

Me doy cuenta cada vez más de mis cegueras cotidianas.

 Ayer, por ejemplo, tuve una gran prueba de que, a veces, no veo simplemente lo que no quiero ver.

 Mi analista me lo confirma de forma ineludible, asignándole un valor simbólico fundamental al episodio que hoy temprano le relataba:

Podría decirse que Juan, mi hijo, es un niño de comportamiento relativamente bueno.

También podría decirse que mi departamento dista de ser un ejemplo de impecabilidad.

Una afirmación no niega a la otra, los niños son niños y yo no soy Mónica Geller.

El complejo donde vivo es pequeñísimo en cantidad de unidades moderno y nuevo (lo estrenamos este verano). En general, no ha sufrido todavía con el tiempo.

Es mi casa, además, un lugar donde el Cif y la lavandina reinan, un poco por las fobias heredadas de mis amigas (Sofi Fernández Ascuénaga y Carla York, especialmente) y otro poco porque entre dos, la impecabilidad se puede manejar bastante bien.

Igualmente, vivir con un nene es vivir con un nene.

Juan, que aunque no lo parezca lo es, decidió anteanoche cenar sus bonchis en mi cama, mientras que escuchaba el principio de las andanzas del Capitán Nemo.

Y, como es lógico, hizo migas. Muchas migas.

Cuando se durmió y luego de pasarlo a su cama, a escobillonazo limpio me dispuse a barrer migas. Mientras que barría, pensé:

 -”La pucha, se van a venir las cucarachas”-

Fue un pensamiento autodestructivo, accionado por mis propias fobias, que pasó por mi cabeza como si fuera una ráfaga. No duró más que un instante e igualmente logró que me fuera a dormir intranquila.

Me desperté sobresaltada, con una certeza cruel de que algo malo pasaba.

Y pasaba, vaya que pasaba. Entre mis piernas y no en otro lugar estaba ella: una enorme, gigantesca cucaracha. La más grande que en mi vida había visto. Moviéndose confortablemente por mi cuerpo. Dejando quien sabe que residuos. Invadiendo lugares a los que solamente han accedido antes quienes tuvieron mi permiso.

Pero no ella, ella estaba ahí.

Aterrorizada grité como pocas veces en mi vida. La sensación de que una realidad tan desagradable me despertaba al mundo fue una de las peores que recuerdo.

Dos días después, todavía puedo sentirla, aunque ya no esté en mi piel, moviéndose de forma descarada.

Así me pasan las cosas: Como tantas veces, solamente pude ver la realidad de forma transparente una vez que me decidí a verla.

¿Cuánto tiempo hace que ella estaba ahí?

¿Cuántas noches le di acceso libre a mi cama, a mi cuerpo?

¿Cuántas más hay, que yo ignoro?

Cada vez que me enamoro, cada vez que confío en un hombre nuevo lo hago a ciegas.

 Lo hago en la propia oscuridad de mi personalidad ingenua, crédula, amable.

Pero las alimañas están siempre. Inevitablemente.

Siempre es mejor ver lo que la luz devela

2 Noviembre 2009

Así en el tetris como en la vida.

“Gotta think quick, like a game of Tetris” - The Cleaner

Juan, hijo de quien les escribe, que tiene casi 6 años y que es ya eximio científico (experto principalmente en juntar piedras exóticas y coleccionar caracoles multicolores, observador de comportamiento de insectos varios y explorador de historias de expediciones y otros misterios irresolutos), también reparte su tiempo libre que encaja entre sus horas de educación formal en el SaintX y mi propia llegada por las noches, en actividades diversas como leer libros de Verne y Walsh, jugar a las escondidas con sus tíos, cocinar con su abuela y practicar el único video juego de consola que su escéptica madre aprueba: el tetris.

Es así, que a razón de una hora promedio de práctica por día, el pequeño saltamontes se convirtió en algunas semanas en un sorprendente jugador, superando ampliamente las magras explicaciones que yo he podido darle leyendo wikipedia antes de lanzarlo al camino del autodidactismo.

Capaz de razonar las lógicas necesarias para triunfar en el juego de acomodar piezas sin dejar blancos, intenta enseñarme, ahora, con palabras que suenan aproximadamente así:
-“Mae, de nada sirve que te preocupes por la jugada actual. Eso es cortoplacista. Si solo considerás la ficha que está cayendo en este momento vas mal, muy mal. Es importante el contexto: tener en cuenta a las piezas que vienen después. Si agudizás la mirada ves que están en fila, esperando que acomodes esta que está ahora cayendo para inmediatamente saltar al vacío.”

Me da el joystick y trato entonces de ampliar la mirada. Poner el foco en lo que va a venir, no en el ahora. Me pregunto como es posible que sea tan evidente para un six-year-old que habitualmente me encuentre enfrascada en situaciones en donde no tengo en cuenta lo que viene. Y cuando el futuro se presenta no estoy preparada para hacerle frente.
Por castigarme con un ejemplo pienso en cuantos tipos han sido solamente eso para mi: la promesa de una (buena?) noche para hoy, pero que no contemplaba la posibilidad de ningún proyecto. En cuantas veces me involucré  en historias ridículas, inadecuadas, inservibles, solo teniendo en cuenta la pieza que necesitaba encastrar en ese justo momento, aunque ubicando las fichas de esa manera a la larga complicara las posibilidades de ganar el juego.

-“Bien, Má! – Me felicita Juan, despertándome de mis metafóricas cavilaciones.
-“Ahora que aprendiste esto te muestro otra cosa que también deberías tener en cuenta” – dice mi hijito y a continuación, enuncia algo así como lo siguiente:

“No subEstimes el valor de una línea: aunque sepamos que hacer “Tetris” (para los ignotos, les cuento que eso es hacer 4 líneas juntas) da un plus de puntos, no debés menospreciar el trabajo de ir llegando al objetivo línea a línea. Es, tal vez, menos adrenalínico y un poco más aburrido, pero es probable que por ese camino llegues más lejos.”

Pienso entonces en el riesgo. Está bien que el que no apuesta no gana pero… ¿es necesario poner en juego todo lo que una tiene cada vez? ¿No sería mejor ir cediendo partes pequeñas, en lugar de arriesgarlo todo? Seguro. Si sale bien, te da el bonus de resolver mucho en una sola jugada… pero… ¿y si no?

Ubico mal una línea y me frustro. Exhalo un grito y largo una serie de improperios destinados a castigar mi propia impericia. No tengo ganas de seguir jugando si no puedo superar a un nene que tiene solo un quinto de mi edad. Me rindo y las fichas empiezan a caer en forma azarosa. Es mucho trabajo, me doy por vencida.

Juan me vuelve a llamar desde la tierra con su último consejo:
-“Y otra cosa más, Mami. Nadie puede pretender jugar de forma inteligente todos los juegos. Tranquila, respirá hondo y volvé a empezar…”

Sonrío, reconfortada por su sonrisa.
Estoy criando a un monstruo.

22 Octubre 2009

Globosofiando

Mi abuela tenía una teoría muy interesante; decía que todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos… necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos” – Como agua para chocolate, Laura Esquivel

Mi amiga Estefanía es Clown. Bueno, trabaja de eso. Su especialidad es la Globología.
Fuera de todo chiste, aprendí a no subestimarla cuando empecé a ver que su pasatiempo empezó a ser para ella una fuente laboral que la lleva a ganar casi el doble de mi sueldo.
Igual mi sueldo es fácilmente duplicable, pero eso sería otro post, para #lascorporativas… (o material para otro blog acerca de la #malasuerteserial at work)

En fin.

Sin irme más por las ramas les cuento que Tefi, como le decimos por el barrio, empezó a explotar esta habilidad de hacer reír a chicos y grandes de forma natural hace añares.
Y a inflar globos y más globos desde entonces: los manipula, les da forma, los ata, los dibuja, los combina, los hace volar y eventualmente los explota.
Pero, más que nada, los infla y los desinfla.

Y sobre eso me hablaba hoy, gesticulando con mohines de payasa, mientras que devoraba cheese cake de maracuyá:

-“De onda Vera, para mi que todo esto tiene un sentido” – me escruta con sus grandes ojos azules. Y sigue.
-“Miralo en los globos:
Cuanto más se des-inflan, más fácilmente se vuelven a inflar. Más resistencia tienen, más capacidad de adaptación a nuevas formas, el aire que pueden contener es mayor. Son más grandes, más fuertes y mejores globos. Mucho mejores globos.
Si no pasan por ese proceso explotan casi en el primer contacto con el aire. Un globo que toma forma definitiva después de haber sido inflado y desinflado muchas veces vive mucho, muchísimo más
.”

No entiendo el paralelismo. Hoy no estoy para metáforas.
Ella hace caso omiso, como siempre. Y sigue, siempre sigue.

-“La #malasuerteserial no existe. Nada de eso. Solo estás entre las pocas afortunadas que pueden entrenar su capacidad de amar algunos años, hasta que llegue el hombre definitivo. Cuando lo veas, vas a estar preparada. Tu capacidad de amar va a ser otra. Vas a poder entender como funciona esto de estar con alguien sin dejar de ser, sin perder la libertad, sin despersonalizarte.
Cada vez que te enamorás, tu corazón se infla, tu cabeza se llena de él, tu vida se vuelve un poco más completa. Cada vez que la cosa no funciona quedás desinflada, sin aire, deformada.
Pero tenés que reconocerlo, es un ejercicio. Es una preparación espectacular.
Y vas siendo cada vez más capaz de querer de veras, mejor mina e incluso, más fuerte.”

Bullshit, pienso.

Se da cuenta, pero de nuevo sigue. Es una bloody clown, sabe de eso.

_ “Vera, podés verte deslucida desde afuera. Podés compararte con los otros globos que nunca han sido inflados. Lucen mejor, es cierto, pero guay que les pase algo, que se posen en un terreno un touch áspero, que les de un poco el sol.
En cambio vos, querida amiga, vos vas a durar para siempre

Y casi por primera vez en este mes, sonrío.

Al final si. Era un día para teorías.

16 Octubre 2009

VeritaSerum in the morning

Ya lo sabemos, todos tenemos un poco de miedo

Ya lo sabemos, todos tenemos un poco de miedo

Cuesta levantarse, a veces ” -  Arbol

 

Abro los ojos y lo veo mirándome extrañado, tendido al lado mío. Su expresión me hizo asumir que estaba desvelado desde hacía horas.

Le sostuve la mirada, dejando entrar la realidad consciente a mi mañana de jueves mientras que intrigada le pregunté lo obvio, solo para dar inicio a la conversación:

-         “Mi Amor, ¿Qué te está preocupando?”

 

Me confesó la causa de su angustia atragantándose con las palabras:

-         Decime… ¿qué tenemos en común?. ¿Qué es lo que nos mantiene unidos? – las palabras surgieron en el medio del silencio como un grito…

 

Tragué saliva con fuerza mientras que en mi cabeza se iban desordenando las estructuras. La pregunta irrumpía inesperadamente y amenazaba el status quo que para mi era tan valioso. La piel se me erizó: ¿Qué clase de pregunta era esta?

 

Le dije, tomando aire y gesticulando con las manos, haciendo ademanes exagerados para minimizar la exteriorización de mis miedos:

-“¡Muchas cosas! ¡Tantas cosas! ¡Todo! “–

Me incorporé en la cama y seguí:

-     Nos gustan las mismas cosas, adoramos idéntica música,……,la pasamos bien juntos, ¿no?” – afirmaba y preguntaba como una demente, subiendo linealmente el tono de voz….

-“Ambos preferimos leer antes que casi cualquier cosa, ambos amamos descubrir nuevos rincones en el barrio, los dos somos web adictos, nos encanta el tetris….”

“¿Y que me decís del amor? ¡Nos amamos!!!” -  Ahora yo forzaba la risa, como si la pregunta fuera ridícula.., como descartando cualquier posibilidad de duda al respecto del asunto que él planteaba.

 

Mientras tanto, mi cabeza seguía esgrimiendo, vomitando, las razones por las cuales éramos prácticamente indisolubles el uno del otro, inseparables…


Continué un buen rato y terminé suplicando:

 

-“Además, yo no podría vivir sin vos, no se te ocurra dejarme, Juan

-“No se me ocurre, Mami, no se me ocurre para nada” – me dijo mi hijo y me abrazó sonriendo, mientras pasaba sus dedos por mi pelo enredado.

8 Octubre 2009

Foránea 2

Hubo un tiempo que fue hermoso
y fui libre de verdad
guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal.
Poco a poco fui creciendo
,
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo
como pompas de jabón
” – Canción para mi muerte, Sui Generis

Como relaté ya muchas veces, he sabido ser feliz en el pasado.

Fui miembro de ese escaso grupo de afortunadas, aunque reconozco no haber tomado dimensión del hecho hasta pasar a formar parte del bando contrario.
Como siempre, una no sabe valorar eso bueno que tiene, mientras que lo tiene.

Y desprejuiciada e irresponsable, desaproveché oportunidades que golpeaban a mi puerta, siempre apostando por más y mejor.
¿Cómo iba a saber yo el mundo que me aguardaba? ¿Cómo aceptar un futuro que está “bastante bien”, cuando una vislumbra y pronostica para una misma algo fabuloso?

Pero cuando se apuesta hay que estar dispuesta a perder y mi vida definitivamente es la tangibilización de los riesgos asumidos.
Así pasó con mi experiencia en Inglaterra: hombres que había despreciado, que había dejado pasar. Historias que quisieron ser profundas pero no encontraron mi tierra suficientemente fértil para germinar.
Eso hasta hace un mes, cuando Linda me instó a validar este claim, o a abandonarlo de vez.

Linda Cooper es mi amiga desde que nos cruzamos una tarde de enero en Café Rouge y mantuvimos una discusión acalorada acerca de Sarah Brightman en Phantom of the Opera. Es linda como si su nombre lo hubiese determinado e inteligente como para no hacer alarde de eso. Es mi amiga desde mis tiempos de vacas gordas y no cree en que la #malasuerteserial sea parte de mi realidad treintañera.

Por eso, luego de pensar en posibles formas de rebatir mi hipótesis, decidió realizar su propia prueba empírica. Y se puso a rescatar del olvido todos hombres de mi verano adolescente, back in 1995.

Después de un esfuerzo considerable, encontró a cada uno de ellos.

Y reconoció en mí a la verdadera némesis del Rey Midas, comprobando que cada hombre que pasó por mi historia se convirtió en inadecuado, imposible, nada.

Y resultó ser que:

Hoy por hoy:

Olivier es un borracho perdido que se niega a hacer el tratamiento correspondiente. En el barrio es conocido por acosar a veinteañeras en bares.

Jon está desempleado hace más de seis años y vive del seguro social (Si, en Inglaterra se puede).

Mark va por su quinto divorcio y tiene solamente 34 años.

Liam fundó su propia religión, poligámica.

A Sam lo busca la policía, tiene abiertas varias causas penales por golpeador.

¿Y Christopher? Chris es la excepción a la regla. Está casado hace más de diez años con su gran amor. Una chica latina que, según el testimonio de Linda, es posiblemente mi clon.

Está claro, ni siquiera en Inglaterra tiene validez my little black book.
Oh Lord, help me.

4 Octubre 2009

Foránea

Casi morir no cambia nada. Morir lo cambia todo” – Dr House

Cuando era joven viví un tiempo en Inglaterra.

Como toda extranjera latina, yo también gozaba de ese “je ne sais quoi”  que atrae hombres de culturas diferentes a la de una, solo por el hecho de que se nos nota el acento al hablar. Por entonces, yo era una morocha ingenua que no lo parecía, en una tierra lejana que me recibía, ávida de mis excentricidades y jeitos.

Por esa época, además, yo no conocía la mala suerte serial. Como la mayoría de mis amigas y lectoras de este blog, la desgracia llegó a mi vida bien entrados los 25 años.

Hasta entonces, fui una mujercita tranquila, optimista, segura…

Es así que no me extrañó demasiado que durante los meses que pasé en England conociera a Olivier, Jon, Mark, Liam, Sam y a Christopher.

Salí y me divertí a rabiar con cada uno de ellos, los besé a todos con igual pasión adolescente y de cada uno de mis gentleman me separé sin titubeos. Como a partir de mi vuelta, un ancho océano iría a separarnos, no quería permitir que nada demasiado profundo nos uniera.

Así fue que, cuando volví a Baires lo hice sola y en mis valijas no hubo lugar para duelo ni sufrimiento. Estaba feliz con la experiencia acumulada y rescataba eso por sobre otras cosas.

Y mi pasado inglés se quedó en London.

Por una cierta cantidad de meses en forma epistolar algunos de ellos jugaron al héroe  declarando su amor y  amenazando con emigrar hacia Argentina en busca de los favores de la pelilarga de boca desproporcionadamente grande. Yo no estaba para nadie en ese momento e hice de esas declaraciones lo mismo que la mayoría de las otras mujeres: reafirmé mi autoestima, mimé mi ego. Y las guardé en un lugar poco privilegiado de mi memoria.

Cinco largos años después de mi experiencia internacional, mi suerte se había modificado. Mi historial acumulaba historias de infortunio y desamor que luego serían el asunto principal de este blog. Desde que cumplí 25 primaveras la  #malasuerteserial se convirtió en mi estigma y la soledad me eligió de manera sistemática, incansable y persistente como la peor plaga.

Y así fue como durante estos últimos 8 años fui perseguida, acosada, por el recuerdo de Londres.

La chica que había sido era una burla a la mujer en la que me había convertido. Un recuerdo doloroso de juventud, futuro,  posibilidades y despreocupación.

Y, aunque no lo hacía en forma consciente, todavía guardaba en mi cabeza la singular sensación, la extraña teoría de que, en Londres, mi vida hubiese sido distinta.

Luego de cada desamor pensaba en ellos:

Reencontrar a Olivier, Jon, Mark, Liam, Sam y Christopher se volvía un plan. Una posible jugada: la última carta, la final. La que reentrenaría mi suerte y me devolvería a la vieja versión de Vera.

Porque en Inglaterra yo valía. Porque England me volvía candidata, deseable, elegible.

30 Septiembre 2009

En Guerra

No dejes que los planes que tienes para ti sean más importantes que tú mismo.” – Wayne W. Dyer

Estaba en casa ayer a las 11 pm, lamentando profundamente el fin de los Skittles rojos de mi paquete y maldiciendo mi decisión de no haberme dado cuenta a tiempo, de no haber previsto con suficiente antelación que un lunes a la noche podían pasarme estas ganas terribles, esta voluntad inagotable de caramelos rojos.

Digo que estaba en casa, entonces, compadeciéndome terriblemente de mi misma cuando de pronto sonó la hot line, es decir, el celu personal, ese que solo se usa cuando hay emergencias reales.

Déjenme explicar el hecho de que tengo dos teléfonos celulares:

El del trabajo, que es gratis. Ok, no lo es para la empresa que es mi fuente laboral, pero como forma parte de mis beneficios salariales lo uso sin ninguna culpa. A este teléfono, que prácticamente tengo atado a la mano, mis amigas no llaman, sino que mandan mensajes que ordenan – “me llamás, pls” o, en el mejor de los casos, suplican: “si tenés unos segundos, aparecé”.

Pero también tengo el otro celular, el previo, el primitivo, el personal. Es un motorola viejo que pago por no perderlo, que distorsiona las voces de manera tal que termina casi imposibilitando la comunicación. Teléfono inservible, incómodo y obsoleto, encima hay que pagar para usarlo. Quienes me llaman ahí son, generalmente, gentes con las que no hablo hace una eternidad, que no saben de mi número laboral o, en raras ocasiones, quienes han insistido mucho con el teléfono #1 y finalmente se deciden a barajar la posibilidad del #2.

Les decía que anoche sonó el celular #2 y, obviamente, salté del sofá asustada, wondering quién sería a esas horas, que motivos lo inspirarían y otro montón de pensamientos que increíblemente una puede tener en apenas algunos segundos.

Era Susana, pero no parecía ella. Tenía la voz grave, desfigurada y apenas reconocible.

-“Nena, cómo vas? – le dije, desalentada de antemano por su tono de voz.

-“Quiero tener un hijo, Vera” – me dijo solemnemente. Unos segundos después, empezó a llorar de forma desolada.

-“Voy para allá” – le dije, y seguí hablándole lo más tranquila que pude, mientras que me calzaba la cartera al hombro, levantaba en brazos a Juan dormido y bajaba a la calle, en la búsqueda de un taxi.

Suza está casada hace 10 años con Lou. Ambos tienen 38 años.
Se llevan de maravillas, se aman profundamente y tienen un buen pasar económico. Son increíblemente dichosos juntos, comparten filosofías de vida similares e incluso sueñan los mismos sueños y comparten idénticos ideales.

Lou es belga. Suza lo conoció cuando el Rainbow Warrior número Xxmil (ok, no me acuerdo el nombre del barco, pero es irrelevante) arribó a Puerto Madryn  para manifestarse a favor del proteccionismo de la Ballena Franca Austral.

Fotógrafa, ella, retrató a un flaco de Greenpeace pintando una bandera en una playita de Península Valdez, con tanta buena suerte y tanto talento, que logró una foto de antología.

En esa época no había Twitter, Blogs, Facebook ni nada parecido, pero Suza consiguió rastrear a Lou.

Lou quiso conocer a la autora de la foto más increíble que alguien le había sacado y desde el día que se encontraron no volvieron a separarse.

Me preguntarán dónde está el infortunio en este relato. Si son lectores de este blog, ya saben que lo hay.

Bien, el problema es el siguiente.

Lou no quiere hacer otra cosa en su vida que no sea luchar por la Paz Verde. Viajar por el mundo de manifestación en manifestación, contribuyendo con las generaciones futuras. No tiene tiempo, no quiere tenerlo para nada más.

Entre los claims innegociables de Lou está el big NO a los HIJOS.
No le generan ternura, no siente el llamado de la naturaleza. Cree en plantar un árbol, tal vez en escribir un libro, pero no considera la posibilidad de tener un hijo.
Simplemente decidió que no será padre. Nunca.

Y a Suza esto, en el pasado le venía bien: parecía estar de acuerdo e, incluso, abrazar esta decisión de Lou. Pero era mucho más tolerar y resistir, que querer.. Y la más paciente de las mujeres puede, en algún momento, perder la calma, especialmente cuando la que no se está escuchando es ella misma.

Hoy, que queda claro finalmente para ella, que haber reprimido el deseo profundísimo de maternidad le va a costar caro.

Hoy, que ve el futuro que quiere para si y sabe que no está viviendo de acuerdo con eso.

Hoy, Susana ha decidido dejarlo. Y la comunidad de desafortunadas ha ganado otra integrante.

24 Septiembre 2009

No sos vos, soy yo.

 ”La mala suerte no existe. Es algo que nos creemos, una escapatoria. En realidad llamamos infortunio a la conjunción negativa de hechos que no hemos sido capaces de prever” – Chris Amon

Melisa cenó anoche con Ignacio.

Concretaron la cita después de haber sido “presentados” por mail por amigos en común, que decidieron que eran perfectos el uno para el otro.

Como es sabido, rara vez se puede confiar en amigos celestinos. Y lo que pasó anoche entre Meli e Nacho es una prueba más.
En el momento que Melisa subió al auto de Nacho se arrepintió de haberlo hecho:

Con ropa ajustada, pelo con exceso de gel y anteojos negros en plena noche, él se creía el rey del mundo. Ella, por el contrario, sintió el momento exacto en el cual su líbido se tomaba vacaciones.

Todavía no habían llegado al bistró a dónde iban a cenar cuando Nacho mencionó que su novia anterior lo había dejado una vez en la que él había “perdido la paciencia” y le había pegado. Según él, no había tenido otra opción. Melisa entonces tuvo miedo, además de ganas de vomitar.

Con poco tacto, Nacho le propuso saltearse la cena y pasar “directo a la acción”, relamiéndose. Melisa aprovechó para sugerir otro lugar “más rápido” para cenar, con la clara intención de librarse de él lo antes posible: una pizzería de barrio con  romántica y llena de gente, con un sinfín de televisores transmitiendo fútbol en vivo.
Esto hubiese sido un buen plan para no incentivar ningún espíritu romántico, si no fuera que, una vez que la comida llegó a la mesa, la luz se cortó. Y fue en cuestión de segundos que aparecieron mozos con candelabros, transformando el sitio en un ambiente propicio para confesiones, declaraciones y serenatas.

De cualquier manera, eso no ocurrió. Nacho hablaba con la boca llena a los gritos, mientras se limpiaba las manos en sus jeans chupines. Su risa era estrepitosa y sus modales incomodaban a todos los que estaban en el lugar. Melisa esgrimía excusas para irse del lugar, que eran refutadas e imposibilitadas por Nacho, una tras otra.

Cuando terminaron la cena, Melisa intentó zafarse de la propuesta de Ignacio de ir a “tomar un FeCa a otro lado” diciéndole que tenía migraña. Y lo único que logró es que él insistiera fuertemente en llevarla a su casa, entonces.

Un poco borracho, apenas estuvo en el auto se abalanzó sobre ella, en busca de un beso que premiara el tiempo y el esfuerzo.
Melisa sacó fuerzas de donde no tenía, luchó por su libertad, manoteó la puerta, bajó del auto y salió corriendo lo más rápido que pudo