último post: el final de un camino.

“So long, farewell, auf Wiedersehen, good night

I hate to go and leave this pretty sight

So long, farewell, auf Wiedersehen, adieu

Adieu, adieu, to yieu and yieu and yieu…”  - So Long, Farewell, de Sound of Music

Este no va a ser un post largo. Solo va a ser un post final para contarles que dejo hoy al personaje de Vera, ese que quise interpretar estos últimos dos años.

Vera Smith fue una máscara que me dio múltiples satisfacciones, me sirvió para hacer catarsis, para contar cosas, para conocer personas nuevas, puntos de vista distintos, anécdotas de otros y otras…  adoré escribirla.

Pero se termino, hace un tiempo, esa necesidad de hablar a través de otra mujer. Y mantener la identidad de Vera “viva” se convirtió en una carga.

Como pasa muchas veces en la vida, eso que antes te hacía falta, ahora no te sirve del todo. Elegir seguir por acá era no animarme a hablar con mi propia voz…

Así es que, con algo de vértigo, pero con confianza en el futuro les digo: Adieu!

It was a good ride.


PS:  No voy a borrar el contenido de tantas horas de teclado. Pero en una semana voy a cerrar los comentarios y dejar de recibir los updates de este blog a mi casilla. Nos vemos por otros lados.

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Hasta que la dicha los separe

Así como toda carencia es desgracia, toda desgracia es carencia” -San Agustín (354-439) Obispo y filósofo.
Ellos habían sido hechos el uno para el otro.
Con vidas complicadas, Flavio y Estelita se rescataban el uno al otro en una especie de ciclo de beneficencia mutua, interminablemente cíclica, generosamente egocéntrica.
Cuando Flavio se quejaba de su trabajo esclavo y estresante, Estela le preparaba un té, le hacía masajes descontracturantes, le  cantaba al oído, lo llenaba de mimos.
Cuando Estela lloraba de impotencia frente a su sueldo escasísimo y las cuentas a pagar acumuladas, él la ayudaba a organizarse, la peinaba despacio, le acariciaba la frente, la llevaba a pasear.
Si ella estaba frustrada porque sus hermanos la ignoraban o porque no tenía otra que hacer dieta o porque no había plata para cambiar los zapatos,  Flavio le contaba un chiste que la hacía reír, la ayudaba a organizarse y, cada vez que podía, la besaba hasta hacerla enloquecer,  accionando esos botones invisibles que lo resuelven todo.
Si él estaba confundido acerca del rumbo a tomar, si la lista de “Pendientes” ocupaba dos o tres semanas con fines de semana incluidos, si, cual titán, pretendía cargarse el mundo en las espaldas, siempre estaba Estelita para compartir el peso de la mochila, para buscar la solución ingeniosa, para ofrecer mapas, brújulas, islas, salvavidas.
Si ella estaba insomne, molesta, depresiva, si las hormonas le jugaban una mala pasada, si siempre el vaso estaba medio vacío, si no divisaba la salida del laberinto ni la luz al final del túnel,  Flavio venía al rescate, incansable y fiel, puntual y heroico.
Así. Todo el tiempo. De ida y de vuelta ambos se hacían bien. El uno a la otra. La otra al uno. Equilibrados en su ser para el otro.
Eventualmente, como suele pasar, sus vidas se fueron resolviendo.
Los problemas se achicaron, las cargas se alivianaron, el camino se fue encontrando.
Flavio y Estela pudieron encontrarle la vuelta al mundo y el día que eso pasó, dejaron de necesitarse.

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Diagnóstico de mi situación actual. Parte 1

No se olviden nunca que los melones se van acomodando en el camino , y este camino es largo, y la vigencia te la da la vida …. ” – @flaviapalmiero

Yo viví una fantasía durante muchos años.
Creía habitar en un mundo perfecto, en donde las cosas llegaban a quienes lo merecían, el mundo de la posibilidad, de la causa y del efecto.
 
Hace tiempo que veo mi vida de forma más consciente, más real.
Entiendo un poco mejor quien soy y qué es lo que logré hasta ahora.
Se mejor lo que puedo esperar del futuro y qué sueños necesito dejar atrás.
Producto de nuevas compañías, de muchas sesiones de encuentro conmigo misma en el diván de mi psicóloga y, también, fruto de haber tenido que enfrentar realidades duras, de esas que hacen que tengas que dejar de lado la burbuja para siempre.

Y no voy a decir que el corrimiento del velo no tiene sus cosas positivas: libera, hace crecer y, a la larga, frustra menos.

Es cierto que tener los ojos abiertos es necesario, hasta imprescindible, si no se quiere terminar el vuelo como un Ícaro cualquiera.

Pero como cuesta. Cuánto más confortable era ser ciega.

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Sapo. El colectivo no pasa para todos

Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo”  -Lord Byron

Es una verdad conocida por todos los viajantes capitalinos que hay algunas excepciones a la normalidad citadina. Son – si me permiten – errores urbanos, espasmos del sentido común que no van con las reglas del comportamiento general y frecuente.
Es por su característica atípica que dichas excepciones merecen ser contadas. Acá va una que me pasó a mí. En el colectivo.

Por razones obvias para cualquiera de los lectores del blog, yo necesito terapia. Y no cualquier terapia, sino psicoanálisis freudiano del serio. Por otro lado, mi condición de madre soltera no heredera de ninguna fortuna patricia hace que tenga que trabajar largas horas.
Mis horarios de terapia, entonces, son cuasi inverosímiles: Sábados a las 8, Martes y miércoles a las 20:10. No son los más confortables horarios para desnudar el alma pero terapia no tiene que ser un espacio confortable, sino más bien lo contrario.
Resulta entonces que mi terapeuta atiende en la preciosa Avda Del Libertador, en el barrio de Nuñez. Y para llegar hacia su diván yo necesito montarme en el 107.

Hasta ahí, todo muy normal.
Hasta este sábado pasado.
Creo que porque me levanté cinco minutos antes lo conocí: Llegó a la parada con la música estridente y bien sintonizada, atestado de chicas y chicos : el Bondi Del Amor.

Atendido por su chofer-DJ que pasó en el viaje de 20 minutos temazos de Gloria Gaynor, Depeche Mode, Lady Gaga, Madonna, Prince, George Michael. Pero no de cualquier forma. No Señor. Este hombre ha nacido para musicalizar recorridos, yo se los digo.

Cuando me subí me di cuenta que, a diferencia de otros sábados, la población colectiveril era extremadamente joven. Extremadamente. Yo era, por lejos, la más vieja.

Había estudiantes:

  • Un grupo de chicas de diseño de indumentaria, riendo y señalando prendas en sus Vogues importadas.
  • Un grupo de estudiantes de educación física. Zaparrastrosos pero concientes de que con sus físicos privilegiados no se necesita invertir en indumentaria.
  • Un par de intelectuales hippies, cargando apuntes pesados.
  • Había quien venía de trasnochar, con el maquillaje apenas corrido, ellas y con el pelo apenas revuelto, ellos.
  • Dos o tres parejas que como se debe, chapaban en el asiento trasero.

Y ahora yo,  que me desplacé hacia la mitad del ómnibus y me puse a tararear las canciones para no resultar tan sapo de otro pozo.

Y entonces lo vi: parado al lado mío y con los ojos igualmente desorbitados estaba él.
Casi cuarenta, vestuario standard. Peinado. Creo que, como yo, sentía la falta del swing necesario para pertenecer al grupo de abordo.

Me miró unos minutos y finalmente preguntó, como implorando:

-“¿Te conozco? … Vos trabajaste conmigo en Coto, ¿no?”

Demás está decir que no había visto al hombre en mi vida.
Pero entendí rápido y contesté.

-“Nunca trabajé ahí, pero seguramente nos habremos cruzado, vos también me resultás familiar
Y sonreí.

Resopló aliviado y no me volvió a dirigir la palabra en todo el trayecto.
Hay días que no es fácil ser solo.

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No pudo ser. Micropost robado.

Este post es una adaptación (con traducción incluida) de uno que cuenta mi amiga (en la vida real), la blogger Margit, una de mis hermanas brazucas.
Si entienden portugués, pueden conocer el
blog de las 4 fab four brazucas  acá.

“Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder.
¡Tenías que estrellarte o que abatirme…!
¡No pudo ser!”
– Gustavo Adolfo Becquer

Suena el teléfono, atiendo casi dormida. Margit (Git, para sus amigas) suelta en un párrafo:

-“Vera, salí ayer con un contador. No tengo nada en contra de la profesión así es que no saques conclusiones. Solo que este en particular era SOLAMENTE contador.
Entonces, él cenó con una fotógrafa, blogger, cocinera, hija, hermana, amiga, bailarina, viajera, aventurera, artista… Y marketinera.
Y yo, yo me aburrí mucho. Solamente hablamos de trabajo.”

-“Uhhhh, ..” iba a empezar a decir, pero siguió hablando.

-“Hasta ahí, nada demás. Lo que me sorprendió fue la falta de noción del tipo que se lanzó al vacío al final de la cita, cuando hizo un torpe intento para besarme.  Yo me corrí, esquivándolo casi con estilo. Él, increíblemente, al ver la negativa me pidió un “piquito”.  ¿Se entiende? ¡Un beso a medias!”

-“je, ¿Y que hiciste?”- le dije, ya conociendo la respuesta.

-“Me di la media vuelta y me fui. Yo no doy medio de nada. Yo doy entero y quiero entero.  Quiero sal, pimienta, fuego y fuegos artificiales” – Me contó Margit, y cortó el teléfono.

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Historias del Subte B, parte I. Las apariencias no engañan.

Esfuérzate por mantener las apariencias que el mundo te abrirá crédito para todo lo demás.” – Winston Churchill

Mi nueva amiga Patricia, divina ella, divorciada y nuevamente en las pistas, mamá de un compañero de Juan me cuenta hoy en el subte, mientras que veníamos viajando hacia el centro del caos porteño:

Vera, creeme que yo te juro que no me vi venir este final. Veníamos tan bien estos primeros meses, él era tan fantástico… y, así como de repente, cuando la cosa se empezó a poner un poco más en serio,  el tipo se transformó: ¡Se volvió serio, obsesivo, formal, detallista, pulcro, aburrido y tan, pero tan cero onda!”

Yo: -“ Que pena, Pat, que la cosa no anduvo” – dije escasamente, no conocía el caso y no sabía bien que opinar.

Ella: “Si, yo estaba ilusionada, pero resultó un aparato de aquellos”.

Pasó una estación y Patty, que revisaba su agenda, finalmente encuentra una foto que me muestra, resignada:

- “Mirá, acá estamos en nuestra primera salida juntos, una cita a ciegas arreglada por amigos, obsevá mi expresión de felicidad, pensé que era el tipo para mi, jé… que equivocada estaba…”

Miro la foto con atención y levanto la vista, incrédula. Vuelvo a mirarla a ella.

Yo: “¿Me estás jodiendo? ¿Cómo no te diste cuenta que no era para vos en el primer momento? ¡Es tan obvio! ¡Eran el día y la noche…!
Señalo la foto con el dedo índice y le digo:

Se que me vas a tratar de superficial dos años luego de esto pero… observá lo siguiente: Vos vestías campera de cuero, leggins negras, pelo atado en rodete cool, remera rockera, tachas. Él usaba camisa abrochada hasta el último botón y ¡Campera de Nobuk!.

Evidentemente, Dos almas dispares, no iban a funcionar nunca”-

Me mira y se ríe con ganas, resignificando su foto.

-“¿Sabés que, Vera? Tenés razón”.

Y cambiamos el tema al segundo siguiente.

Disclaimer: por las dudas. La autora del post no considera que el nobuk solo es usado por personas sin onda. Solo intenta transmitir por medio de un simple e insignificante post como, a veces, lo exterior es reflejo de lo interior y las incompatibilidades son obvias para todos, menos para quien está involucrado en la historia. He dicho.

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La nube personal

“Cuando un sábado al anochecer veas nubes pardas… al otro día domingo”
(Anónimo)

Muchos días siento que voy por la vida con una nube personal que me sobrevuela.
Adonde vaya me sigue y, como buena nube, me llueve, me nieva, me graniza, me truena.
Se desplaza conmigo, persiguiéndome por doquier, alcanzándome con sus rayos y centellas, empapándome y – obviamente – enfermándome, deprimiéndome, ennegreciéndolo todo, entristeciéndome.

Corro cual maníaca cada día y no hay caso: No puedo encontrar lugar, nicho, recoveco, cueva, toldo o techo que me refugie de mi nube.
Ni puedo salvarme de las lastimaduras que me genera.

Solo yo la siento, la padezco.
Nadie más que yo sufre por mi nube.
En algún punto – creo- nadie más la merece.

Para mi, en mis peores días, la nube es invencible. Inabarcable. Infinita. Eterna.

La vivo, en parte, como si se tratara de una condena, de un castigo milenario, de magnitudes mitológicas. Soy una suerte de Prometeo atada a las rocas, condenada a padecer la cólera de Zeus por el resto de mis días.

Pero, otros días, veo:
· Que el piquete no me pasa a mi sola: que hay otros y otras igualmente demorados en sus tareas, alienados en el subte, sin monedas para el bondi, sin un mango a fin de mes.
· Que puedo elegir no sentarme debajo de la gotera que se filtra en mi cuarto, que puedo apartarme y no hacerla el centro de mi universo, reconociéndola  y al mismo tiempo, admirando todo lo que ya si salió bien lo que ya si construí, lo que hoy tengo.
· Que siempre que llovió, paró.
· Que la realidad no enferma, la que se enferma soy yo.

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